Diario de León

la opinión del lector (I)

Otras cuestiones de Pero Grullo

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Francisco Courel. león
León

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Algún avispadillo lector de nuestro Diario de León, que tuvo el buen gusto de leer mi perogrullada anterior, referida, como ásta, a los incendios forestales, me argüía, en entrevista personal, las grandes dificultades técnicas y de organización necesarias para llevar a la práctica mis «bombardeos» con bolsa de agua sobre los «frentes» incendiados de nuestras montañas: me ponderaba las dificultades de carga de las bolsas en el avión; de las estibas y riostras; de la especialización necesaria de los pilotos para estas misiones...y de un cúmulo de zarandajas del mismo jaez. Traté de hacerle ver que el último piloto de nuestras fuerzas aéreas, recién salido de nuestra Academia del Aire de San Javier sabe bombardear con precisión y a la usanza antigua, con un racimo de bombas, cualquier posición enemiga, de día y de noche, por complicado que sea el terreno en que se ubique. Y, si no fuere así, estaríamos en un «apaga y vámonos» vergonzante. Antes de continuar este rollo en el que me he metido, quiero dejar bien sentado que mis «cartas al director» ni son, ni pretenden serlo, una especie de informes técnicos...; son sencillas opiniones que, de llevarse a la práctica, habrían de pasar, lógicamente, por lo tamices necesarios de la tecnología del caso. Son ideas; son simples revulsivos para algunas conciencias que pudieran estar tocadas de algún síndrome inoperante, por ejemplo... Y, sin más, pasé a relatarle a mi interlocutor arguyente, los pormenores de mi decimosexto salto en paracaídas --reglamentariamente nocturno, que superé, a mis cuarenta abriles, casado y con cinco hijos, allá por la primavera del 57,en la Escuela de Paracaidismo de Alcantarilla (Murcia). El relato viene, por supuesto, a cuento del tema que nos ocupa, que es, en definitiva la lucha contra incendios forestales, «bombardeándolos» con bolsas llenas de la mayor cantidad de agua, que técnicamente fuere posible...Pues bien: a la hora «H» de la noche del día «D», los veintitantos oficiales componentes de aquel Curso especial de Paracaidismo, nos desplazamos en autobús a la Base Aérea de San Javier. Nos salió una noche morrocotuda: la niebla no permitía ver un burro a tres pasos; los mandos de la Base no se decidían a despegar en aquellas condiciones; por fin, se levantó la niebla un poquillo, ya se veía, más menos, en su totalidad la pista de despegue y aterrizaje, y el Junkers trimotor que iba a transportarnos para el posterior lanzamiento, se puso en marcha. Y los veintitantos oficiales nos acomodamos en dos bancos de madera, frente por frente, que recorrían el fuselaje del avión en sentido longitudinal, desde la cabina al portón de lanzamiento; un cable de acero, amarrado al techo, que también lo recorría longitudinalmente, estaba destinado al enganche con mosquetón de nuestras bandas de extracción automática del paracaídas.Todo iba marchando de maravilla: perforado el mar de nubes, un cielo estrellado de luna llena daba gloria; pero a la segunda vuelta ascendente del trimotor, ya nadie de nosotros sabía por donde le daba el aire; y así, hasta que llegó el momento de «¡prepárense para saltar...!» Al reducirse la velocidad a niveles de salto, llamaradas azules de los tubos de escape del trimotor, se pegaban al fuselaje, sobrepasando el portón de lanzamiento; fue impresionante ver a los que me precedían atravesar en el salto —que ha de ser con el cuerpo totalmente estirado desde la punta de los pies a la de los dedos de las manos... como al inicio del salto del ángel, más menos, vamos, en los trampolines de las piscinas—; aquellas fantasmagóricas llamaradas. Durante el primer minuto de descenso de mi paracaídas: ¡Impresionante el cielo estrellado y la luna llena...Pero cuando me di cuenta de que yo a penas sabía nadar; de que San Javier es tangencial al Mar Menor, y de que yo iba sujeto a aquel enorme paraguas que se me vendría encima, al tocar tierra o lo que fuere, empecé a rezar a velocidades ultrasónicas todo lo que había aprendido de niño y lo que se me ocurría sobre la marcha; pasaron, al fin las nubes... Y, ¡Santo Dios!, Courel descendía lentamente sobre el eje longitudinal de una pista de aterrizaje, casi tan iluminada como nuestro «Ordoño II» en Fiestas... Y ahora viene, ya para terminar, la moraleja del caso: Nosotros podíamos haber sido, perfectamente, bolsas de agua de cien litros o los que fuere, que al estrellarse en unos segundos después del lanzamiento sobre aquella pista iluminada --podría ser, igualmente, incendiada-- habría sido en unos segundo materialmente bañada y apagada por el agua de las veinte bolsas lanzadas con precisión magistral, sin paracaídas, por aquel piloto normal de San Javier. ¡Ni estibas, ni riostras, ni gaitas en vinagre! ¡Voluntad y decisión para hacer lo que se debe en cada momento... Y esto es lo que me crispa los nervios todos los días, y me hace jurar en caldeo, y lanzar insultos inútiles, al contemplar decenas de hombres, jugándose el tipo, sudando a mares entre llamas, para tratar de apagar —como los de Atapuerca— aquellos incendios forestales a golpe de picos, palas, ramas y azadones...Hacen falta muchos cataplines, señores del jurado, para llevárselo con paciencia...Yo les prometo seguir, a partir de hoy, si el «dire» me lo permite, en este y en otro frentes de combate...

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