En Zamora, junto al postigo de la lealtad
Historias del Reino margarita torres
Del caballero Vellite Adaulfiz a su hijo Pelayo Vellítiz. Sepades, querido hijo, que corren extraños tiempos para los leales a estos reinos. Cuentan ciertos escribanos del siglo XXI que quienes defendimos la causa de la infanta Doña Urraca Fernández, señora de Zamora, debemos ser tildados de traidores por impedir los desmanes de un ambicioso de nombre Sancho, rey primero de los castellanos por decisión de mi señor Fernando, que dividió sus tierras entre sus vástagos. Mas recuerda un cronista castellano, el arzobispo Rodrigo Ximénez de Rada, que Sancho quebró la memoria de su padre, ávido de la sangre de sus hermanos, heredero de la más pura crueldad de los godos, que no se detuvo hasta robarles sus estados y desear su muerte. Ofuscado en su sinrazón, cercó Zamora para acabar con una mujer: Urraca Fernández, señora de la ciudad por derecho propio. Ninguna ayuda llegaría a los zamoranos, abandonados a sus propias fuerzas. Muchos renegaron de la causa de la infanta y, al cabo de unas jornadas, toda la lealtad que restaba quedó una noche prendida en un puñado de fieles. No podríamos resistir a sus máquinas de guerra sin esperanza de auxilio, así que la única solución era cobrarse la vida de Sancho. Y yo, Vellite Adaúlfiz, a quien el pueblo llama Vellido Dolfos, osé arriesgar mi vida a cambio de salvar a mi señora Urraca y a los habitantes de Zamora porque tal era mi deber como caballero. Así lo juré sobre la cruz de mi espada cuando calcé espuelas de la mano del noble rey don Fernando, mi señor: antes entregaría el alma que renegar de la justicia o la defensa del débil.
Al verme, Sancho se alegró de contar con un nuevo canalla entre sus filas, incluso aceptó que circunvaláramos la plaza amurallada. Allí, junto al mismo postigo por el que abandoné Zamora, con la imagen de los cientos de mujeres, niños y ancianos, de mi señora Urraca, a los que esperaba la ira del castellano si fallaba, alcé la espada. A mis pies cayó el hombre que desafió la voluntad de su propio padre, que amenazó a una mujer, que quiso matar a su hermano, el legítimo rey de León don Alfonso, que según el derecho visigodo no merecía corona. Lloraron sus vasallos aquella pérdida y tornaron con su señor a Castilla. Ninguno de los zamoranos se aprovechó de su desventaja. Leoneses, castellanos, gallegos y portugueses somos hijos de la misma tierra: aquella en la que un puñado de valientes logró la libertad en un tiempo de siervos. Pero llegará el momento en el que quienes hereden estos reinos acepten que nos llamen traidores por salvar vidas e impedir una guerra cruel. No faltarán los que deshonren nuestra memoria sobre tales baldones infames, so excusa de romances posteriores a nos, o desconocimiento de su propia historia hecha leyenda interesada. Mas tu, hijo mío, no olvides tu herencia, muéstrate orgulloso de ella o todo por lo que luchamos morirá con nosotros y volveremos a tornar una raza de esclavos. Mira tus manos, heridas por el viento y por el sol, escucha la voz de los ancianos y recuerda que caballero es quien defiende a los suyos y a los humildes con honor y lealtad, sin esperar otra recompensa de los vencedores que la ignominia o el olvido. Tu padre, Vellido Dolfos.