Los derretidos
Al trasluz | eduardo aguirre
El calor ladra en las calles. Quienes tenemos la tensión baja y la moral alta, estas temperaturas nos golpean como un derechazo de Urtain. Andamos como noqueados, en ese estado inmediatamente anterior a caer sobre la lona, en el que no sabes si vienes o vas, si estás en León o en el desierto de Gobi. Te sientes como la frente de James Brown mientras cantaba Sex machine , y los goterones de sudor le caían en cascada, igual que solos de saxofón. Otros veranos hemos hablado de «calor de novela negra», de esos que propician que el cartero siempre llame dos veces, pero este de ahora es más vampiresco, menos de fiar; puede borrar tatuajes, derretir números de las matrículas, convertir el martes en miércoles, en fin, adentrarnos a todos al otro lado del espejo. Entre los descubrimientos que los españoles hemos aportado al mundo, el más importante de todos es, indudablemente, la sombra, isla de oscuridad a la fresca, donde es posible parapetarse y echar una siesta, si las moscas y la autoridad no lo impiden. Sin embargo, la sombra tiene mala fama, porque se asocia a lo carcelario, al mal carácter, a la conspiración, y sólo nos acordamos de su protección cuando truena, es decir, como ahora, cuando el calor ataca y nos tiene rodeados. «Mi reino por una sombra», proclamamos, como reyes shakesperianos. En fin, uno no sabe si se le están licuando las meninges, pues los años no perdonan, o es el efecto invernadero, ese que para algunos no existe, pero el Gobierno debería hacer llegar urgentemente un botijo a cada ciudadano, antes de que no le quede un contribuyente sin derretirse; y con agua fresquita. Qué recalor más grande. Pero aquí son cuatro tardes. El que más y el que menos tiene su propio tendido vital de buena sombra. Derretidos, puede; derrotados, jamás.