Batas blancas
La galerna | ANA GIL
H ace un par de semanas acudí como acompañante a la Seguridad Social para pasar consulta con el médico de cabecera en un centro de salud. Me quedé sorprendida de la poca gente que había esperando en la sala a pesar de ser una calurosa tarde de verano. Yo, que no soy asidua, ni mucho menos, al sistema público de salud -”no tengo en mi poder ni siquiera la tarjeta de usuaria-”, pensaba que en estos sitios se tiraba uno esperando horas y horas y antes de entrar ya daba yo la tarde por perdida.
Mi mayor sorpresa no fue el reducido número de pacientes que esperaban a que les viese el médico, sino el propio médico. Me explico. Cuando apenas llevábamos unos minutos de espera, salió a la sala un amable joven preguntando a quienes estábamos allí cuál era el motivo de nuestra visita. El chico, ataviado con bermudas, camisa semiabotonada y chanclas de piscina, y sin rastro de bata o algo parecido, resultó ser el enfermero del facultativo. O eso creo. Bueno, decidí que sería un caso aislado y seguí esperando. Por fin la puerta tras la que se ocultaba el médico se abrió y salió el susodicho y, aunque algo más recatado que el anterior, también sin la bata blanca que, de toda la vida, oigan, ha caracterizado a cualquier médico respetable. Le faltaban los rulos y la redecilla.
Con esto no quiero decir que cada uno no pueda ir vestido como quiera. Por supuesto. Pero yo reivindico el uso de la bata en médicos y personal sanitario en horas de trabajo. Como toda la vida. Es una cuestión de estética, pero conlleva, por suerte o por desgracia, un factor que va más allá de todo eso: el del respeto por quien vela por nuestra salud. Y es que los tres profesionales sanitarios que vi allí durante mi corta espera iban vestidos de campo y playa. ¿Es mucho pedir, acaso, que se use el «uniforme»?