Arenys: ¿síntoma, consecuencia o presagio?
Panorama | antonio papell
Cataluña ha permanecido en constante efervescencia desde el año 2003 -”el mismo en que significativamente se jubiló Jordi Pujol-” espoleada desde Madrid por el ensoberbecido Aznar de la mayoría absoluta. Tras las elecciones autonómicas de aquel año, el Pacto del Tinell y la formación del «tripartito», Maragall, un personaje confuso que dio primacía a su catalanismo sobre su socialismo originario, lanzó una extravagante propuesta estatutaria, basada en un contradictorio federalismo asimétrico, que desencuadernaba la Con stitución y que, pese a haber sido pulida en varias instancias, alumbró un texto que hoy es un quebradero de cabeza del Tribunal Constitucional que debería convalidarlo; su demora en tal resolución contribuye lógicamente a crear zozobra social e inseguridad jurídica, a la vez que desacredita el autonomismo y da alas al espectro soberanista. Y todo ello se ha aderezado con la reivindicación permanente y quejumbrosa de mayores prestaciones y dádivas del Estado, que supuestamente marginaba a los catalanes frente a otros pueblos más favorecidos por el dedo del centralismo.
En estas circunstancias, cuando el PSC compite con CiU en afán identitario y en fervor catalanista y cuando el PP continúa exhibiendo añejo españolismo en sus mensajes en Cataluña, no es extraño que el germen independentista asome y se extienda. Si durante más de cinco años sólo se ha invocado al Estado español para denostarlo y reclamarle lo que en ju sticia, supuestamente, corresponde a los catalanes, ¿cómo impedir que la sociedad civil termine creyendo espontáneamente que el siguiente paso consiste en librarse de este corsé limitante que oprime y regatea? Por añadidura, la idea del plebiscito de Arenys se ha gestionado de la peor manera posible. Primero, la iniciativa de celebrar la consulta en dependencias municipales fue rechazada judicial y gubernativamente -se debió pensar que se trataba de un terrible desafío revolucionario contra el orden constitucional-, lo que obligó a celebrarlo en una institución privada. Después, al tiempo que se ponía todo género de trabas al referéndum, el juez autorizaba una manifestación falangista simultánea, en contra del muy sensato parecer de la Consejería de Interior de la Generalitat.
Las encuestas del CIS indican que el independentismo tiene todavía escaso arraigo en Catalu ña pero advierten de que la tendencia es claramente al alza. Si en 2005 el 13,6% se manifestaba partidario de que Cataluña tuviera un Estado independiente, ahora el porcentaje es del 19% (en Euskadi alcanza el 30%). Expertos en ciencia política aseguran que si el Estado no reacciona, el fenómeno irá claramente a más. Y como causas de ello mencionan la desorientación ideológica de los grandes partidos estatales -PSOE y PP, que deberían sostener el discurso autonomista-; las disfunciones del Estado de las Autonomías y la mala calidad de la política en general, que arroja a los ciudadanos a las opciones radicales. El independentismo, con su aura mágica y romántica, posee fuerte capacidad de retroalimentación si no se atajan con realismo sus invocaciones arcádicas y utópicas. Es, pues, hora de que las dos grandes formaciones centrales de Cataluña, CiU y PSC, irrumpan con autoridad en esta inquietante pantomima y adopten una posición clara y firme a favor del statu quo y en contr a del experimentalismo identitario.