Diario de León
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Historias del reino margarita torres

Es un hecho que las féminas siguen ganando menos que los varones. Algo constatado salvo entre el funcionariado, igual que nuestro doble rasero de valorar mérito en función de sexo. Hace al caso esta soflama vista la atención que algunos medios suelen dedicar a la periferia de lo relevante para centrarse en lo intrascendente: si Zapatero visita América, lo importante es que le acompañan sus hijas; si se rememoran 25 años de la muerte de Paquirri, todos debatiendo si amaba a la Carmina o le disgustaba la folclórica. Un rosario pizpireto el que ciñe esta España dispuesta a evadirse en loor del cotillero y el despelleje, los deportes nacionales ibéricos.

Desde el mundo real, la Concejalía de la Mujer del Ayuntamiento de León presentó esta semana un video en el que se recrean situaciones de esas de pie a tierra con un argumento común: difícil ser mujer y no morir en el intento. Así lo demuestra el pequeño documental de experiencias contadas por sus protagonistas que nos devuelven de un soberano bofetón a la calle de la realidad: musulmanas separadas a cargo de sus hijas que trabajan para sacarlas adelante y muestran su rostro sin miedo, españolas de etnia gitana que buscan una posición mejor para ellas y los suyos, mujeres azotadas por la enfermedad o el desamparo. Luchadoras todas, igual que aquellas que les dedican su tiempo y energías en el proceso de apuntalar sus ilusiones y vencer los escollos del miedo y la sociedad.

Nada debe extrañarnos cuando notable abismo separa a hombres y mujeres, abierto por las diferencias salariales para las que tienen la suerte de gozar de ocupación remunerada que sumar a las labores propias de su sexo y condición, que dirían los homínidos más prehistóricos. Y es que el sueldo medio de una dama es un 25% inferior al de un caballero por realizar semejante tarea, nos recuerda el I.N.E. Distancia que se subraya sobre la base de que el 20% de las chicas tienen ingresos salariales mejores o iguales que el Mínimo Interprofesional, al tiempo que sólo el 7% de sus compañeros se encuentran en tal situación. Ascensos en función de varonía, risas sobre listas donde se alternar ambos sexos, comentarios sangrantes sobre qué cama sirvió de trampolín a ésa para medrar si llega lejos, cuchicheos de cafetería cuando una mujer llega tarde porque antes ha llevado a los hijos al cole después de preparar el desayuno para el batallón y recoger la casa un poco. Sin caer en el absurdo, a muchas nos gustaría escuchar semejante sarcasmo cuando aparece en televisión un político repeinado de cara panocho y voz de pito, cuando un personaje de relumbrón social se columpia en el vocabulario y juega al fútbol con el castellano. Ya nos gustaría, ya, que se mentara el varonil talento genital como mérito en sus logros, o que se hiciera carnaza de las lorzas de ese diputado mientras se critica el modelito de todo a un euro del vulgar del empresario que concede sus declaraciones al «Hello» ibérico. Hasta entonces, todas somos hijas de la desigualdad, comida cainita de sobremesa. ¿Y todavía hay algún mandril -o mandrila- que considera que las mujeres protestamos por genética predisposición? Amos anda-¦

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