La segunda Merkel
Tribuna | Diego Íñiguez
Dejad libre a Merkel, pedía el diario The Economist, de Londres, a los electores alemanes, dejadle demostrar de qué es capaz en una coalición con los liberales. Le han hecho caso: se mantiene como canciller, debilitada frente a sus nuevos socios e incluso frente a los leales pero menguantes socialcristianos bávaros.
Pero, ¿sabemos qué quiere Merkel? En la campaña del 2005 se presentó como una liberal reformadora. Una Thatcher del Este, se dijo, que iba a reformar el Estado del Bienestar para dar más libertad económica a los ciudadanos, aliviarles de la mentalidad asistencial, hacerles más responsables de sí mismos. Sus propuestas fueron discutidas en una campaña agitada, los democristianos aún no se han recuperado de la decepción: ganaron por los pelos una elección en la que partían con 15 puntos de diferencia y tuvieron que formar una coalición casi en plano de igualdad con sus rivales.
La gran coalición ha sido un buen Gobierno, sin estridencias políticas o personales. Ha salvado la crisis, sostenido el sistema bancario, evitado que se disparara el paro con un sistema de trabajo a tiempo parcial. Merkel y la nueva República de Berlín mantienen el prestigio internacional de la República de Bonn. En cada uno de estos terrenos ha sido esencial el trabajo de los ministros socialdemócratas de finanzas, trabajo y exteriores.
Pero la derrota del SPD ha sido durísima: ha perdido once puntos y queda relegado a la oposición con los Verdes y la Izquierda, que le disputan el electorado y crecen a su costa.
Como canciller, Merkel ha sorteado los conflictos y los pronunciamientos rotundos, ha buscado el consenso o se ha sumado a él presidencialmente evitando dirigir y tomar decisiones, según el punto de vista. Su política exterior ha respondido a los mismos criterios: pragmática y razonable, pero difícil de definir muy precisamente: proatlantista, pero manteniendo una cierta distancia respecto a los presidentes sucesivos; activa para anclar económicamente a Rusia en Occidente, pero sin complicidades especiales con Putin; partidaria de la reforma de la UE, pero sin comprometerse como la primera RFA; sin cuestionar los ritos de la relación especial con Francia, pero esquivando las impetuosas atenciones del presidente francés y dejando languidecer el eje franco-alemán. ¿Cómo establecer una relación especial con una persona así? No es fácil, Sarkozy no lo ha logrado, tampoco Bush.
¿Obama? Se tutean, pero Merkel guarda distancia. Su reacción frente a la crisis ha seguido la misma pauta: tras muchas vacilaciones intervino para salvar los bancos en peligro y ha creado un «banco malo» que digiera los valores tóxicos. Pero no ha ido más allá de lo que parecían aceptar los ahorradores alemanes. Todo es cautela, contención de los entusiasmos propios o ajenos.
¿De dónde sale Merkel, de dónde procede esa personalidad? Hay varias hipótesis, seguramente ninguna explicación completa. Como alemana del Este, Merkel desconfía de la retórica grandilocuente y los excesos ideológicos, especialmente si incluyen referencias al socialismo. Es liberal por convicción: se inició en la política en los preliminares de la Revolución de 1989, una de las pocas revoluciones liberales alemanas con éxito, en la que fueron esenciales las iglesias evangélicas -”su padre era pastor protestante-” y un movimiento cívico que se repartió luego entre los nuevos partidos. Su atlantismo es el de quien han padecido el sistema soviético.
La cautela, la sensatez, el aborrecimiento de los grandes retos y la retórica suelen considerarse rasgos femeninos en una política de hombres. Es posible. Y raro en España, donde las mujeres que alcanzan la cumbre suelen hacerlo asumiendo con especial intensidad las pautas masculinas. Sobrevivir en la CDU, dar la puntilla a su maestro Kohl, desactivar a Koch, hacer desistir a Merz han requerido la fría habilidad de un «dementor». Su formación científica ofrece una tercera línea: «cuando otros ya se habían puesto a hacer cálculos, yo seguía pensando cómo enfocar el problema», ha dicho alguna vez. De nuevo la cautela, el sentido común. Son cualidades pasivas, pero muy apreciables, en especial desde «las democracias del Sur de Europa», con su polarización ideológica, la laxitud en el cumplimiento de las normas, la falta de transparencia.
¿Cómo será la segunda Merkel? ¿Qué quiere en realidad? ¿O no tiene un programa propio y es sencillamente una jugadora excepcional del gran juego del poder, con un método pragmático conciliador, forjado en el sistema consensual, menos individualista, de su formación científica y de la RDA? ¿Qué puede hacer en un sistema de partidos que se complica irremediablemente , en el que ya no habrá dos grandes partidos y uno o dos satélites menores, sino una constelación de partidos mayores decrecientes y medianos crecientes, capaces de coaligarse en múltiples combinaciones? La campaña democristiana ofrece pocas pistas. Ha rehuido las polémicas refugiándose en la vaguedad y la iconografía, parecía buscar la reelección de una canciller presidencializada.
«Tenemos la fuerza», decía un eslogan de curiosas reminiscencias masónicas, «todos juntos con la canciller». Ha sido eficaz: ha adormecido más a los votantes socialdemócratas que a los democristianos. Ha logrado su objetivo si éste era mantenerse en el poder: el bloque burgués supera -”por menos de tres puntos-” a los partidos de izquierda, Merkel gobernará con los liberales. En la noche electoral se ha visto poco su sonrisa gioccondesca, quizá hubiera preferido seguir con los socialdemócratas debilitados. Pero tiene motivos para sonreír. Por cierto, ¿hay una Angela Merkel en casa, en el centro-derecha español? La hay, claro que sí.