Diario de León
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Tribuna | Nuevas Generaciones del Partido Popular en León

Querido lector, ¿alguna vez se ha pregunt ado qué queda de la celebración del día de la Hispanidad en estos tiempos que corren. ¿Recordamos con el orgullo que se merece aquello que un día fuimos? ¿Somos conscientes de que la grandeza de España fue tal que, durante siglos, ni el Sol era capaz de llegar a ensombrecerla? Quizá sea positivo recordar que fue el 12 de octubre de 1492 cuando España fue la gran artífice del encuentro de dos mundos, propiciando así la llegada de una nueva época. Nuestras personalidades de la cultura desconocían la existencia de límites ni fronteras, nuestra lengua ya atisbaba el que sería su máximo grado de esplendor que la llevaría a ser el vínculo de unión de infinitos pueblos, nuestros personajes más señeros dirigían los designios del mundo; en definitiva, España era el faro que alumbraba el viejo continente en busca de nuevas metas por alcanzar. A partir de entonces, en España, en el imperio español, emergieron siglos de esplendor, proezas y consecuciones gloriosas.

Pero-¦ ¿qué nos queda de aquellos logros? ¿Las hojas, ya desgastadas por el tiempo, de los libros de Historia o algo más? Hemos de reconocer que en los últimos tiempos no se le da la importancia que se merece a la idea de Nación. No se apela, de forma intencionada desde algunos sectores, al sentimiento nacional como elemento indispensable para el progreso fruto de la unidad, a la consecución de logros comunes derivados del esfuerzo conjunto de toda la sociedad. A ello debemos sumar la doble crisis de funcionalidad y legitimidad a la que se ve expuesto el Estado español por su perversa dependencia de inclinaciones residuales. Incluso algunos de nuestros dirigentes se empeñan en convertir diferencias personales en desigualdades territoriales; con la torticera utilización de mínimos matices divergentes para crear un Estado de conflicto latente que genere réditos políticos para futuras citas con las urnas. Vivimos instalados en la búsqueda permanente de revoluciones que vengan a ser una panacea para cualquier mal global. Olvidamos que son los conceptos tradicionales y simples, correctamente aplicados, los que suponen una verdadera revolución efectiva, especialmente en tiempos de zozobra como los actuales. Ahí, entre esos conceptos encontraremos siempre el esfuerzo, la solidaridad y la fortaleza inquebrantable de una Nación unida.

Los españoles también sufren la sensación de lejanía por parte del Estado y tienden a cobijarse en instituciones que, no por ser más cercanas, gozan de mayor efectividad. Esto último en gran parte motivado por el insultante despilfarro de recursos en disparates tales como un referéndum innecesario e ilegal. En ese aspecto no es comprensible el mapa del ADN español sin la tenacidad vasca ni la capacidad emprendedora de los catalanes que tanto han contribuido a la forja de lo que somos: una amalgama de identidades y pareceres bajo el paraguas de un proyecto global y un objetivo común.

Imaginemos por un momento la celebración de un acto público, sin excluir los privados, en cualquier país desarrollado de nuestro entorno continental. ¿Qué tienen en común cada uno de esos actos? ¿Cuál es el elemento siempre presente de cada uno de esos escenarios o discursos? No cabe duda de que son los símbolos nacionales. Bandera, himno -”con letra la mayoría de ellos-” y cuantas cosas puedan evocar el sentimiento de Nación. En ese sentido, resulta sintomático que en España, con infinitos lazos que nos unen, seamos incapaces de dotar de letra a nuestro himno por el mero temor de no rozar en las sensibilidades de determinados colectivos. Pensemos durante unos instantes en las principales avenidas de las ciudades más destacadas del Globo: Los Campos Elíseos, La Quinta Avenida-¦ todas ellas comparten una imagen. Son, efectivamente, sus respectivas enseñas nacionales, sus colores identificativos por encima de cualquier otro. Sin advertir en ello nada extraño; más al contrario, es síntoma de total normalidad y libertad. Las barras y estrellas en la puerta de la familia Smith. La enseña gala en el balcón de la familia Lemoine. Pero-¦ ¿y la rojigualda? Ni en la puerta de la familia Rodríguez ni en el balcón de la familia Blanco.

Volviendo a casa, la celebración de la fiesta nacional debe convertirse en una inmejorable excusa para fortalecer nuestra cohesión y fomentar nuestros vínculos. Asimismo ha de servir para robustecer el Estado de las autonomías que vertebra la nación española. Las cincuenta y dos provincias pertenecientes a diecisiete comunidades autónomas y dos ciudades autónomas que comparten un mismo destino: el de España. También el Día de la Hispanidad debe convertirse en la exaltación orgullosa de lo que un día logramos, de lo mucho que nos une a los españoles y del legado que hemos donado al mundo. Por ello es la hora de conmemorar el punto de partida del sentimiento de hispanidad que engloba a numerosos pueblos con lazos culturales y sociales comunes.

Y nos expresamos en pretérito porque la realidad es hoy -”desgraciadamente-” bien distinta. Acudamos a nuestro pasado más presente en el que nuestro desarrollo como país era referencia para la aldea global. España convertida en la locomotora del mundo en bienestar y crecimiento económico. Un país que -“a diferencia de los días que vivimos-” descollaba en la creación de empleo, en la generación de riqueza a ritmos realmente altos. Eran años en los que, a través del esfuerzo individual y un interés común, se conseguían logros colectivos que eran reconocidos internacionalmente. Pero no debemos cejar en el empeño ni sucumbir en la desesperanza. Tan solo dirigir nuestros impulsos en una dirección que -”a diferencia de la actual-” no sea la equivocada. Tenemos recursos para volver a la cabeza de las naciones desarrolladas, tenemos capacidad para alcanzar los objetivos que nos propongamos, tenemos los recursos y los medios. Sin duda poseemos capital humano para volver al lugar que merecemos. En ese punto, los jóvenes albergamos la energía, la preparación y la ilusión para no permitir que este desgobierno nos siga privando de estar a la cabeza de Europa por retenernos en la cola del paro. Los jóvenes en particular, el pueblo español en general como impulsor de nuestro desarrollo y sinónimo de lo mejor que tiene España. El mismo capital humano que libró heroicas batallas, cimentó el sueño imperial, se rebeló contra flagrantes felonías e injusticias y fue capaz de borrar errores del pasado a base de encontrar lugares comunes.

Por todo lo expuesto, y una vez más, desde Nuevas Generaciones, reclamamos un reconocimiento a España que echamos en falta en la ciudad de León. En su día realizamos una petición con el objetivo de lograr un homenaje en forma de denominación de plaza de España dentro de nuestro callejero urbano. Recordamos a nuestros reyes, reconocemos nuestros logros pasados, nuestros grandes emblemas de la cultura e incluso nomenclaturas de difícil justificación. En cambio la nación que protagoniza el primer verso de nuestro magnífico himno, compuesto por José Pinto Maestro, no goza de tal privilegio Una inmensa mayoría de ciudades señeras en nuestro país rinden desde hace mucho tiempo ese debido tributo a nuestra nación. Por eso reiteramos nuestra petición. No cejaremos en el empeño de que España sea reconocida en León como se merece.

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