Diario de León
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En blanco | javier tomé

Algunas cosas no cambian nunca. Sin ir más lejos, el noble arte del piropo, esa bobada elevada a rango de solemnidad que solía lanzarse, así de sopetón, a las mujeres agraciadas por las más brillantes prendas personales. Un agasajo característico del antiguo León consistía en que el interfecto abordase a la bella de turno, allá por las frondosidades del paseo de Papalag uinda, al requiebro de «tienes unos ojos que valen más que los huevos que harían falta para tirar la Catedral». Suena a cursilada de tres pistones, pero en ocasiones ponía en marcha los engranajes del juguetón Cupido. Tan acreditada tradición no ha pasado de moda. El otro día, por ejemplo, mi cuñada Aurora oyó en plena calle de Barcelona, por boca de un caballero de planta aristocrática, la siguiente perla: «Mírala qué limpia y qué guapa va». La verdad es que se trata de una rubia con una excelente tarjeta de presentación física, merecedora sin duda de un homenaje verbal que mezcla las valoraciones higiénicas con el deslumbramiento ante tamaño escaparate.

Entre la banda sonora de aullidos que ameniza el panorama político también se cuela algún piropo que otro. Me refiero a ese encantador «cabeza buque» que se adjudica al rival político, agasajo que se ve acompañado en el caso de Camps por aquello de «maniquí de perra gorda». Y si el debate gana en intensidad, nada mejor que echar mano a los históricos Tragapanes o Robaliebres. El saludable hábito del floreo no se circunscribe a nuestro país, pues ahí tienen al pobre Obama, bombardeado en los últimos tiempos por tierra, mar y aire. Contra todas las previsiones de la razón, resuena una suerte de toque a rebato en contra del presidente de los USA, a quien recomiendan sin más que se dedique a la industria del banano. Y si Berlusconi bromea a propósito de su bronceado, otros le comparan con Hitler. Ya ven: los viejos piropos nunca mueren.

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