Diario de León
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De siete en siete | Rafael Monje

Asistimos estos últimos días a un imprevisto ejercicio de desnudez por parte de dirigentes públicos y responsables financieros. Y esto nos alegra, porque hablar claro a la sociedad es aconsejable y necesario cuando además se ha instalado en la sociedad tanta incertidumbre y desconfianza. Si se habla con transparencia y se llama al pan, pan, y al vino, vino, la gente comprende y, con el tiempo, asume incluso las decisiones menos alentadoras. Pero si la práctica es la contraria, es decir, la opacidad, las medias verdades y lo que se ha dado en llamar «lo políticamente correcto» se acaba por confundir al personal y, como consecuencia de ello, aparece el desánimo, el escepticismo y la falta de confianza en los que mandan. Veamos dos ejemplos: 1. Cajas. Aquí la cosa está caliente. Hay tres entidades de ahorro que quieren fusionarse pero ninguna quiere interpretar ante su público natural el papel secundario de una película que va camino de serial, y de los largos. El tira y afloja por ver cuál de las tres lidera el proceso evidencia en sí mismo las debilidades de un proceso que, por el contrario, exige grandes dosis de responsabilidad y firmeza por parte de todos. No se entiende a estas alturas del filme algunas interpretaciones del guión, y eso que aún no se ha entrado de lleno en asuntos tan espinosos como la presidencia, los órganos de gobierno y la sede de sedes.

2. Política. Más que caliente, aquí la cosa está que arde, y sobre todo los últimos quince días en el seno del PP. La semanita pasada que nos han brindado los Costa, Cobo, Aguirre y Gallardón, entre otros, es más propia de una típica noche de Halloween que de un partido con aspiraciones a gobernar un país, y eso que el viento del CIS sopla muy a favor. Menos mal que el líder, alentado por algunos de sus mejores y más fieles lugartenientes, acaba de poner a cada uno en su sitio en un comité de reafirmación personal y de recuperación de una mínima cordura. Pero hasta qué extremo habría llegado el monumental lío que montaron las distintas camadas del partido en Madrid para que incluso un sosegado Juan Vicente Herrera dijera lo que ha dicho días atrás. Y a éste, que se sepa, no le van los disfraces ni la sinvergonzonería.

Son momentos para que, como digo, unos y otros abandonen tanta hipocresía. Hay demasiada gente con responsabilidades que se esconde tras la máscara de la apariencia, que se preocupa subrepticiamente por los demás, pero que, llanamente, ansía el poder. Es hora ya de quitarse las caretas y dejarse de eufemismos para llamar a las cosas por su nombre. Los retos de futuro requieren, sin duda, trabajo, compromiso y gente a rostro descubierto. Por eso, fuera caretas.

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