Hay que matar al dragón
Tribuna | Juan José García Marcos
Presidente de ASPACE León
Con independencia de las múltiples carencias en instalaciones y medios, suplidas por el celo de los trabajadores, que en mi primer contacto con este mundo marginado de la Parálisis Cerebral he detectado, como Presidente de Aspace-León siento la necesidad de expresar públicamente, a modo de desahogo/denuncia, una reflexión sobre un aspecto del problema que considero primordial de cara a su solución: la actitud distante de la sociedad, que prefiere mirar para otro lado.
Urge matar al dragón monstruoso que en la opinión pública significa hoy, por su incomprensión, la sola idea de la parálisis cerebral y encefalopatías afines.
Apremia, por ello, cambiar la perspectiva que hoy nos transmite una imagen preliminar y parcial de esta grave discapacidad y enfocarla desde un ángulo objetivo y profundamente humano que nos proporcione su visión integral. Consecuentemente toca desestimar los planteamientos materialistas que conducen indefectiblemente al vacío y a la desesperación e introducir en esa visión un elemento ético-moral (aunque hoy, cuando algunos abogan por sustituir la moralidad por la legalidad, suene poco correcto o inconveniente). Este elemento da sentido a la vida humana, atribuye un valor positivo al sufrimiento, al dolor, a la enfermedad-¦ prima la ilusión de ayudar a los necesitados y nos permite la alegría de vivir.
Procede acercarse sin miedo a la discapacidad. Si bien es cierto que la vida interior de los paralíticos cerebrales es un arcano misterioso, hemos de convenir que lo que se ve, su físico degradado, es accesorio y efímero (pensar otra cosa conduciría al disparate de declarar que el valor humano se afirma en la fuerza del músculo o en la belleza de su forma y estamos cansados de ver cuántas veces estos adornos han guiado a sus portadores a perversiones escandalosas o a estupideces sonadas) y que lo que importa es lo que no se ve: un alma, aunque aprisionada en las rejas de un cuerpo, a veces retorcido, que se asoma, de vez en cuando a las rendijas de unos ojos cuando sonríe y nos demuestra su capacidad de amor. Los discapacitados son personas y la discapacidad es un accidente que debe ser ajustado en nuestra escala de valores.
En esta concepción descansa el fundamento de la auténtica igualdad y el objetivo de la justicia social, tan gratuitamente invocada en nuestros tiempos y que da razón a nuestras exigencias (ninguna verdad nos vale si no se asienta en la justicia), al amparo de la proclamación constitucional que impele a los Poderes Públicos a remover los obstáculos que impidan o dificulten la plenitud de la igualdad del individuo y de los grupos en que se integre para que sea real y efectiva.
Esto es, no se trata sólo de predicar, sino de dar trigo, para amasar el pan de cada día que nuestros discapacitados no pueden pedir, aunque les pertenece: el pan de una investigación científica avanzada que de respuesta a los retos de una terapia eficiente, el pan de un tratamiento y rehabilitación que mejore su bienestar, el pan de su integración social, laboral y familiar que promuevan su autonomía personal y la consecución y defensa de sus derechos como ciudadanos y el pan de un entorno físico sin goteras, más amable y digno, a la altura, al menos, del que gozan sus familiares en sus casas, y sus hermanos en las aulas.
A modo de corolario concluyo diciendo que una sociedad que no procure estos objetivos está enfangada en el cinismo y la hipocresía, que invertir a favor de los discapacitados rebajará notablemente el déficit de credibilidad pública que padecemos y que el tratamiento a los discapacitados es un parámetro fiable de la modernidad o decadencia de un país y de la dignidad o indignidad de sus gobernantes.