Diario de León
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Con viento fresco josé a. balboa de paz

Si fuera verdad, lo que es muy discutible, que el mercado, en la economía capitalista, es el gran regulador de la producción, a través de libre juego de la oferta y la demanda, no entiendo entonces los precios tan bajos que se pagan a los agricultores -lo que debería explicarse por un exceso de oferta- y al mismo tiempo que haya tanta hambre en el mundo, como denunciaba la semana pasada el Papa Benedicto XVI. Algo no cuadra. Es probable que haya exceso de oferta -”también lo dijo el Papa, que en el mundo hay recursos para alimentar a toda la población-”, pero los excedentes no llegan atodos los hambrientos, lo que constituye una de las más lacerantes injusticias de nuestro tiempo. El mercado no es un juego libre entre oferta y demanda, es decir, entre productores y consumidores, sino que en medio hay otros agentes, los intermediarios, que son en buena parte los culpables de ese desarreglo.

El campo ha sido el gran perjudicado por las políticas de desarrollo del siglo XX, pese a las innovaciones técnicas y a las mejoras en los sistemas de cultivo, que elevaron el nivel de vida de los campesinos; pero aún se arrastran graves problemas estructurales, que afectan hoy menos a la estructura de la propiedad que al envejecimiento de la población campesina, dado el escaso atractivo que la agricultura y la ganadería, tan esclavas, tiene para la juventud. La crisis actual ha agravado aún más los problemas, hasta al punto de que muchos analistas denuncian que el campo vive uno de los momentos más difíciles, pues los precios han disminuido de forma alarmante y no se corresponde con la situación de deflación que sufren, en los mercados, el precio final de los alimentos, ya que dicho descenso es muy superior, afectando a las patatas (48%), el aceite de girasol (49,4%), el trigo (23,6%) y la leche (27,5%), por señalar algunos.

Lo mismo podríamos decir de los productos ganaderos, que también han disminuido entre un 5 y un 10 por ciento dependiendo del tipo de carne. Respecto de la leche, entre los manifestantes en Madrid, un ganadero decía que le pagaban el litro a 20 céntimos de euro, cuando sus costes de producción era superiores. De hecho, para el campo en general, éstos se han encarecido un 34 por ciento, y ha disminuido la renta agraria un 26 por ciento, todo lo cual ha provocado, en estos cinco últimos años, que se hayan perdido más de 124.000 puestos de trabajo, según datos del ministerio de Medio Ambiente, Rural y Marino. Todo esto, además, se ve agravado por la competencia desleal y la importación, por las grandes cadenas de distribución, de alimentos de países cuyo coste de producción es menor, bien por las ayudas de sus respectivos gobiernos, bien por el bajo nivel de vida de los productores.

La manifestación del sábado en Madrid, convocada por varios sindicatos agrarios (en la que por cierto se veían muchas banderas leonesas, signo de que a nuestros agricultores les preocupa enormemente su situación; banderas leonesas arropadas por las de todas las comunidades españolas) ha sido un aviso al Gobierno de Zapatero, siempre complaciente con los sindicatos de clase, pero bastante olvidadizo con los problemas de los campesinos y los autónomos. Los agricultores y ganaderos exigen al gobierno medidas semejantes a las que otros sectores industriales han recibido, para mejorar su financiación y rebajar los cuantiosos gastos financieros y de producción y, con ello, mejorar su nivel de renta y calidad de vida.

Sin minimizar la responsabilidad del gobierno socialista, el problema es la debilidad de los campesinos y sus organizaciones sindicales a la hora de negociar precios con los intermediarios. Como decía al principio, entre productores y consumidores hay, siempre los ha habido, unos intermediarios que hoy adquieren dimensiones oligopolistas, pues suelen ser las grandes cadenas de distribución, las grandes superficies, las que imponen precios y condiciones de pago que son absolutamente abusivas. Es a estos oligopolios a los que el Gobierno debería controlar un poco más.

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