Gula de goles
Al trasluz | eduardo aguirre
En la edición pasada de liga, con motivo del derbi, escribí que Dios era del Real Madrid. Esta vez, no llegaré tan lejos ni tan arriba. Que gane el mejor; o s ea, mi equipo. Y ha de salir al campo con hambre de goles, con ganas de atracón aplastante, porque si, continuando con los símiles gastronómicos, juega con la desidia de quien sólo se alimenta ya del aire, y a la plancha, entonces, démonos por derrotados. Han de marcar con voraz apetencia. Tres mejor que dos. Siete mejor que ocho. En estos tiempos de crisis, puedes encajar sin derrumbarte que Paquirrín haya dejado a su última novia, asumir con resignación que los piratas somalíes van a comprarse un parche y un porche con el rescate, incluso que la Bolsa tenga un mal día, pero que nos gane el Barça sólo lo compensa un premio de la lotería, y a mí no me bastaría con la pedrea. ¿Y tienen los jugadores blancos tal apetito de goleada? Se preguntaba Fernández Flórez, en 1957, por qué en el fútbol no existía la figura del maletilla, es decir, espontáneos que saltaran al campo y, siguiendo un impulso irreprimible, metieran goles al rival, aunque les costase el cuartelillo. Precisamente por eso, muchos preferimos ver en casa estos partidos, pues no podríamos dominar tentación de irrumpir al terreno de juego y marcar de chilena. Somos líderes en la clasificación, pero se arrastra hambre atrasada. Hay que jugar con rugidazo de tripas y gazuza de triunfos. Don Juan Tenorio, cada día, nada más levantarse se colocaba en el espejo, para exclamar: «¡Qué guapo eres, cacho perro!», y así se motivab a él mismo, con los buenos resultados por todos conocidos, pues no perdía un partido, fuera ni en casa. Los blancos deben salir a conquistar. No diré que con lujuria, pero sí, qué menos, con glotona gula de goles.