Diario de León
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Panorama | fernando jáuregui

Vivimos tiempos insólitos. Que doce periódicos catalanes -”no son todos, pero sí los más importantes-” publiquen un mismo editorial que es, hay que decirlo, una a menaza de acción colectiva ante una posible sentencia contraria a la constitucionalidad del Estatut, emanada desde quien puede emitirla, es algo que carece de precedentes. Que todas las formaciones catalanas, con la excepción del Partido Popular, que es quien interpuso uno de los recursos ante el Tribunal Constitucional, piensen exactamente lo mismo ante una sentencia que aún se desconoce, resulta pintoresco; máxime cuando alguna de esas formaciones -”Esquerra Republicana por ejemplo-” se posicionó frontalmente contra el actual texto estatutario en liza, que hoy ERC defiende con entusiasmo.

No se trata, pues, de una defensa del texto del Estatut, que por cierto ya se está aplicando, sino de una reivindicación de «catalanismo». Y eso, los catalanes, recordemos los tiempos del injusto encarcelamiento de Pujol por el franquismo, o la reacción ciudadana ante el lamentable comportamiento de aquel director de La Vanguardia , el ultrafranquista Luis de Galinsoga, saben hacerlo muy bien: se es catalán antes que socialista, o convergente, o comunista, o de izquierdas, o de derechas, antes que hombre o mujer. Y antes, por supuesto, que español. Eso es un hecho y para empezar a entender el fenómeno hay que admitirlo.

Así que Cataluña se convierte en un problema de ida y vuelta. De ida, porque Cataluña se siente nación, así, globalmente. Con mayores o menores dosis de entusiasmo, pero nación. Con grandes cantidades de seny, que incita al posibilimismo y a plantear hoy alianzas ayer imposibles, como la que diseñan, cara a las elecciones autonómicas, Convergencia i Unió y Partido Popular catalán -”a ver cómo se explica eso, si no es con la «mediterraneidad»-”. Pero con firmeza: los catalanes se sienten catalanes, valga la redundancia, y se sienten algo heridos ante algunas reacciones que sus posiciones suscitan en el resto de España. Ese es el problema de vuelta. Porque hemos oído decir, comentando desde una radio el editorial «a doce», que en Cataluña vuelven los tiempos de la prensa del Movimiento. Me parece un poco demasiado fuerte. Las reacciones viscerales desde el lado de acá deberían analizarse un poco más a fondo. Cataluña cumple las leyes, paga sus impuestos -”y los recauda-”, contribuye a la marcha del Estado que, a su vez, contribuye a la marcha de Cataluña.

Estamos ante la «guerra de los mundos» más absurda que imaginarse pueda, porque todos los guerreros, de un lado y de otro, viajan en el mismo barco. Los sentimientos nacionalistas pueden a veces resultar hasta ridículos, cuando se plantean de manera desmesurada o energumeneica, pero son difícilmente embridables. Porque el nacionalismo es más un estado de espíritu que una tesis política, más una emoción del alma que un código -”o un Estatuto-” con capítulos y artículos normativos. Comprendo lo arriesgado de la afirmación, pero si Catalunya -así escrito- se siente una nación, será una nación. Y los demás, los que amamos a Cataluña (y a Catalunya) aunque no seamos catalanes, lo que deberemos hacer es procurar que los catalanes se sientan cómodos dentro de España, o del Estado español, si se quiere, que la cosa no debe ir de guerras semánticas que a estas alturas poco significan, al menos para mí.

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