Una comunidad triste
A esgaya | emilio gancedo
E l meollo de lo que nos pasa aquí, la incomodidad, el forcejeo, la desazón, el «problema leonés» que han llamado algunos, podría resumirse en una tensión, en una presión, en una tirantez que, como todas las tensiones, oscila entre dos extremos. De una parte está la realidad, esa realidad leonesa que hay que saber ver, descubrir y desentrañar, y que resulta sorprendentemente rica, brutalmente vasta, con un potencial tan abrumador que llega a agobiar por poco menos que inabarcable. El venerable bagaje histórico arrastrado; la naturaleza monumental que restalla por todos los rincones; el patrimonio sugerente, significativo, tantas veces despreciado; toda esa serie de tesoros etnográficos que ya no existen en muchos otros lugares y un largo caminar colectivo del que tenemos bien de huellas y que suele ser carne de olvido.
Pero de otra está la falta de reflejo actual de esa realidad latente. El hecho de vivir en una tierra que quedó anclada en una situación meramente provincial, en una tierra que no acaba de encontrar su reflejo adecuado en el discurso nacional (y que, cuando se menciona, suele hacerse de manera errónea, incompleta) nos habla de una incongruencia, de una herida, que nos duele, y de qué manera.
Si a esto unimos la falta de respeto a la voluntad popular en un momento histórico clave, tenemos ya dibujado el mapa del desgarro, del descoloque que sienten nuestros paisanos cuando los llaman «castellanos»: vivimos, sí, en el limbo territorial y administrativo, en la única región española que no alcanzó su autonomía. Negar todo esto, como hacen hoy las fuerzas vivas, implica abundar en la concepción de «comunidad triste», diferente a todas, que es ésta, no querida, no sentida aquí, sencillamente, por impuesta, por no haber sido consultados. Ahora proponen referéndos «simbólicos» para pulsar el sentir de la sociedad. Y quien se asusta es porque sabe lo que hay. ¡Cuánto miedo sigue habiendo a la voluntad popular!