Cosas de aquí | Los efectos del invierno que no iba a volver
El laurel duerme el sueño eterno
24 años después, las heladas invernales de León arrasan especies de jardín y huerto importadas de zonas cálidas y sin inmunidad al frío
Un laurel en León enseña como interacciona con la helada.
La hoja que alegró los guisos más exquisitos de nuestra vida -”los de mamá, los caseros-” es carne de cañón ante la helada; se sabía desde hace un cuarto de siglo y se debió de olvidar por la impuntualidad de las noches de carámbano y tiritona. Hasta que el invierno, que ahora además de anual parece cíclico, recordó las sesiones continuas en su viejo retiro de León y decidió regresar con juicios sumarísimos: de madrugada, con la aurora y los destellos de risa del lucero del alba, fusiló a los intrusos: laureles, mimosas, adelfas, palmeras, eucaliptos, higueras o bambús, cayeron en un amanecer de los de enero en los que a la helada se le ocurrió pasar revista a los inquilinos que son capaces de mirarle a los ojos. A 19 grados bajo cero no todas las especies están capacitadas para mantener una charla con el hielo, heladas de esas que congelan el aliento y la moquita. Sucumbió hasta el cotoneaster, al que el fuego bacteriano -”otra de las plagas bíblicas que se han empeñado en borrar estampas leonesas igual que la grafiosis hizo desaparecer esas carreteras rectilíneas hacia el horizonte escoltadas por negrillos (olmos, para los incondicionales machadianos)-” no ha sido capaz de derribar. Hay heladas como dragones de siete cabezas, como profecías de siete lenguas de fuego. Cada tierra es a lo suyo; la zarza no muere de frío; ni el robusto roble. Una noche de helada en León enseña más que un master en biología. Al menos, clasifica a las especies.