Diario de León
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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

P or su venerable origen y por su actual condición de días dedicados al ocio, la Semana Santa, que se abre este Domingo, es una de las semanas más destacadas del año. Su llegada es advertida en esta sociedad secularizada, no tanto por la Cuaresma como tiempo propicio de preparación para la Pascua, cuanto por la publicidad turística y el calendario académico, que nos recuerdan que es «tiempo de vacaciones». No obstante, también es cierto que los medios de comunicación se hacen eco de la dimensión religiosa de esta semana.

Los cuatro relatos de la Pasión (este domingo leemos la versión de San Lucas) siguen una sucesión parecida de acontecimientos, con cinco secuencias: arresto, proceso judío, proceso romano, ejecución y sepultura. A partir de un relato previo y breve sobre la crucifixión de Jesús, las pasiones evangélicas están redactadas con más atención y detalle que las otras narraciones. Su estilo difiere del de cualquier otra literatura que narre la batalla final y la muerte de un héroe. Son, además, final y comienzo de la vida y destino de Jesús, al que los discípulos llaman «Cristo» y «Señor» después de la resurrección. Según como se interprete y se viva la muerte y resurrección de Jesús, así se configurará el modo de ser cristiano.

Para San Lucas, Jesús, en el relato de la Pasión, es el varón de dolores que, inocente, sufre persecución y humillaciones, que ruega por sus enemigos y muere con una expresión de entrega a la voluntad del Padre. El evangelista insiste en que la pasión es el último ataque del Diablo, la última tentación de Jesús. En alguna forma la pasión es la continuación de las tentaciones del comienzo, que terminan en el Templo y ahora, en Jerusalén, ha llegado el momento. Satanás se oculta tras la acción de Judas y de los enemigos de Jesús y se sirve de uno de sus discípulos y de los dirigentes judíos para llevar a cabo el golpe decisivo contra él y hacer fracasar el plan divino. Pero una vez más, Jesús vence esta tentación y los poderes infernales que actúan a través de los hombres, quedan derrotados. El mal pretendía impedir el establecimiento del reino de Dios tal como el Padre lo quería; en la cruz se repite por boca de los judíos lo que Satanás había dicho en las tentaciones: «Si eres el Hijo de Dios sálvate a ti mismo».

Esa última tentación se repite en la Iglesia y en nosotros cuando nos dejamos llevar de la ambición del poder, o del dinero, o de la confianza excesiva en los medios humanos; cuando nos olvidamos de los pobres y no recordamos que el reino de Dios se construye con medios humildes y sencillos. Los que aclamaron a Jesús no fueron las autoridades religiosas o civiles, ni los ricos y poderosos; sólo los pobres, los sencillos y los humildes. Más importante que los Ramos sería bueno preguntarse hoy: ¿Dónde me coloco yo?.

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