Cornada de lobo | pedro trapiello
Pablo Bin Laden
Aparecieron unos frescos en las catacumbas romanas de Santa Tecla con los primeros retratos que se conocen de Pablo y los apóstoles Pedro, Andrés y Juan. Se tienen, pues, por los más cercanos a la fisionomía de estos santos, aunque tampoco serán muy fiables, digo yo, pues se pintaron trescientos años después de muertos. Aún así, confirman que san Pedro era cano y rizoso de pelambre y barba corta (como la de Morgan Freeman, por poner un parecer); que san Andrés ni tenía barba ni parecía afeitado; que san Juan no tenía pelos en la cara como corresponde al más joven y al más amado; y que san Pablo tenía una barba larga, oscura como su pelo rapado, acabada en punta y tan sarracena en su corte, que es prodigioso el enorme parecido que sugiere este retrato suyo con el de Bin Laden, ese furioso predicador mahometano del bombazo y el apocalipsis.
Esa barba paulina es barba de imán agudo, de fundamentalista afilado, de esas barbas que se mesan con mano pensadora y acaban en punta como brocha escurrida o como la perilla de un chivo viejo. San Pablo fue un converso y se hizo dueño de la doctrina. Bin Laden, también: tras vivir en la opulencia capitalista, cayó del burro, se tiró al monte y maldice con fuego y detonaciones como un Júpiter tonante. Pero son sólo coincidencias.
Sin embargo, las barbas y las religiones tienen todo un tratado. Los ascetas greco-ortodoxos aseguran que Dios no habla con los monjes que se afeitan. Los shadus hinduístas dejan crecer sus barbas hasta abrigarse los pies. Los capuchinos observantes llevaron siempre barbaza. O sea, que los que hablan directamente con Dios no se afeitan (mira la luenga barba blanca de Charlton Heston cuando bajaba del monte Sinaí con las Tablas de la Ley). Cuidadín, pues, con los que lucimos barba; nos sale de suyo cagar sentencias.
Los islamistas radicales de Somalia recorren estos días aquellas calles y aldeas con dos verdades: una metralleta y una orden coránica. Se prohiben ver los partidos del mundial en la tele y los hombres han de dejarse barba ya, preferentemente con el bigote afeitado, como preceptúa el fanatismo arcaico de un Corán con gatillo recitado en la alfombra de los arrodillados. Ostí.