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León

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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

L a primera lectura de este domingo nos presenta la figura entrañable de Abraham, el padre en la fe, el que cree contra toda esperanza. El relato es sencillo. Con el calor del día, tres hombres se aparecen a Abraham quien, como buen orienta,l se halla tomando el fresco bajo la encina de Mambré. El misterio envuelve todo el relato: ¿quiénes son estos personajes? Sólo abren su boca después de la comida; y a pesar de este hálito misterioso, Abraham no se lo piensa dos veces y pone todo su empeño en atender con sentido hospitalario a sus visitantes: corre a su encuentro, les facilita que laven los pies y manda preparar comida para ellos con toda urgencia. Hospitalidad nada común. De esa acogida nace una promesa y de esa promesa la multitud de creyentes.

El Evangelio recoge la escena de Marta y María. San Agustín comentará este pasaje. Recogemos alguna de sus frases: «El Señor se hospedó en casa de una mujer piadosa llamada Marta y, mientras ella se ocupaba de los quehaceres del servicio, su hermana María se hallaba sentada a los pies del Señor oyendo su palabra. Marta pensaba en cómo alimentarle, María en cómo ser alimentada por él. Marta preparaba un banquete para el Señor, María disfrutaba ya del banquete del mismo Señor. Tú te afanas en muchas cosas y ella en una sola.

La multiplicidad proviene de la unidad, no la unidad de la multiplicidad. Múltiples son las cosas hechas, pero uno solo su autor. No vituperó el Señor la obra de Marta, sino que distinguió las prioridades. Te afanas en muchas cosas y una sola es necesaria. La preocupación por la multiplicidad de cosas pasa, mientras que el amor de la unidad permanece. Estas dos mujeres, ambas amigas del Señor, ambas dignas de su amor, ambas discípulas suyas, son figura de dos vidas, la que se afana sólo en las cosas temporales y la del que busca además lo que perdura «.

Todos reconocemos que, en la vida del hombre de fe, mal podemos seguir a Dios, mal podemos cumplir lo que Él nos pide, si no le escuchamos, si no estamos atentos a su palabra.

Y hoy día en que todo parece girar sobre el concepto «eficacia», incluso dentro de la propia Iglesia, hoy día en que parece que se es mejor cristiano si se asiste a más reuniones, si se «hacen más cosas», corremos el peligro de «hacer por hacer» y olvidarnos de esa «parte buena» que es estar a la escucha de la Palabra de Dios.

Es imposible vivir como cristiano sin escuchar, serenamente, a Dios. Tarea, por tanto, urgente, la de pararnos, al menos de vez en cuando, a escuchar y a revisar. Sí, a revisar, porque en el fondo de esa postura de «hacer mucho y escuchar poco» hay una buena dosis de autosuficiencia que nunca tiene razón de ser, pero menos todavía en este terreno de la fe.

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Y que se traduce en creer que ya se sabe todo sobre Dios y sobre el hombre (o, al menos, todo lo que interesa saber) y, por tanto, lo único que queda es actuar.