La sombra de Oriana
A la última | juan carlos viloria
A tiro de piedra del noveno aniversario del 11 de septiembre y de aquella aterradora puñalada en el corazón de América, la zona cero de Nueva York todavía humea como una hoguera mal apagada. Las obras del Museo y del Monumento en homenaje a las víctimas no han pasado de proyecto. Tampoco hay cola para comprar una parcela en el territorio sagrado del centro de Manhattan. Perezosamente se levanta la Torre 1 pero no hay rastro del Centro de Transportes ideado por Calatrava. Aún no ha pasado el tiempo suficiente para que cicatrice la herida absorbiendo el enorme vacío que el desplome de las Torres Gemelas dejó en el aliento de Nueva York. Entretanto, el desasosiego está conmoviendo el espíritu de la nación obligada a pronunciarse sobre un dilema insoportable que contrapone sus convicciones constitucionales sobre la libertad de culto y la construcción de una mezquita a unas manzanas del boquete que engulló a 3.000 de sus conciudadanos. La sombra de Oriana Fallaci, implacable crítica con la debilidad de occidente ante el desafío islamista, planea desde su tumba de Florencia sobre una opinión pública ahora dividida entre el orgullo y la fuerza de la razón. La potencia centrífuga de la contradicción podría acabar sepultando en una mezquita el halo místico que ha acompañado a Barack Obama desde su mesiánica aparición en la vida estadounidense. Porque se ha producido con la disyuntiva del centro de culto islámico una quiebra inesperada en la conexión espiritual que el presidente mantenía con la gran mayoría de la nación. En Estados Unidos viven veinticuatro millones de musulmanes y disfrutan como otras religiones del ideal de las libertades. Aunque ahora el setenta por ciento de los estadounidenses se declaran contrarios a la construcción de la House Cordoba, como se llamaría el centro religioso islámico, y dudan si el última instancia la mezquita ubicada en la zona cero representará el símbolo de la libertad, como dice el alcalde de Nueva York o el de la humillación como afirman los seguidores de Oriana Fallaci. A veces la fuerza de los símbolos es superior a la de la política. Alguien ha rememorado que los musulmanes solían erigir mezquitas allá donde había logrado una gran victoria.