Diario de León
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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

La humildad es una virtud que solemos apreciar mucho... en los demás; muchas veces, por desgracia, exigimos a los demás que la vivan en su relación con nosotros y no solemos ser tan exigentes en el camino contrario. La humildad es la consecuencia sabia de aquel que sabe constatar las propias limitaciones. Lo ve mucho más claro aquel que se da cuenta de su situación ante Dios, como criatura a quien debe la vida, y como pecador a quien debe la paciencia y el perdón. La humildad cristiana no consiste en cabezas bajas y en cuellos torcidos, sino en reconocer que debemos doblegar el corazón por el arrepentimiento, para que nuestra fe no sea pobre, nuestra esperanza coja y nuestro amor ciego.

La humildad nos hacer crecer en la igualdad. Hemos inventado un sistema en el que aquel que más tiene, más recibe, y apenas queda nada para los que nada tienen. Se suben hasta un cien por cien los sueldos altísimos, pero se escatima una subida miserable para los que tienen sueldos miserables. Y lo malo es que muchos de los que criticamos eso, probablemente haríamos lo mismo si estuviéramos en su lugar, aunque duela decirlo y reconocerlo. A todos nosotros nos cuesta apreciar la humildad, reconocer que sólo los humildes tienen, como dirá la primera lectura, «el favor de Dios» y sólo ellos saben ser felices. La humildad es difícil de entender; para comprenderla es necesario vivirla. Si no partimos de la visión real de nosotros mismos, es imposible llegar a ella. Es la condición para el amor: sólo el que es humilde sabe amar y ama en la medida en que es humilde. La humildad que, según santa Teresa, es la verdad, capacita al hombre para conocer con exactitud las propias cualidades y capacidades, nos impide sobrevalorarnos, nos impulsa a prestar atención a todos los demás. Por ser una postura religiosa, define la situación del hombre ante Dios y el lugar que ocupa dentro de la creación. Es hermana de la sinceridad, lo mismo que el orgullo lo es de la hipocresía y del fariseísmo. La humildad empuja al hombre a desarrollar todas sus capacidades, consciente siempre de su condición de criatura.

Esta es nuestra misión evangelizadora hoy. Dinamizar la historia desde el espíritu de Jesús. Contradecir la lógica de la codicia y la acumulación egoísta. Romper con nuestro comportamiento esa escala de valores que nos está deshumanizando a todos. Quizás no lograremos cambios espectaculares y, menos, de manera inmediata. Pero, con nuestra actuación solidaria, gratuita y fraterna, criticaremos el comportamiento social actual como algo caduco y llamado a desaparecer, y anunciaremos así el hombre nuevo que nacerá un día en la plenitud del Reino. Dar sin esperar nada a cambio, invitar sin esperar una contra-invitación. Hacer el bien, aunque el otro no se lo merezca, es la lógica del Señor y debería ser la nuestra, esperando todo sólo del Aquel que puede colmar nuestra esperanza.

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