Diario de León

El paisanaje | antonio núñez

Yo me apeo, el alcalde no

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antonio núñez
León

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Del dichoso tranvía, se entiende, que costará la pasta gansa de cincuenta millones de euros, unos ocho mil quinientos millones de las viejas pesetinas, los cuales, divididos entre los pobrines y escasos habitantes de León capital, tocan a sesenta mil pesetas por barba, incluidas las suegras y los nietos de primera comunión. Y servidor dice que se apea porque todo sale de impuestos, de los que el señor alcalde aporta menos de una cienmilésima parte. A él le va bien en la burra.

Como León no tiene problemas ni prioridades mayores -”por ejemplo el paro o el cierre de las últimas industrias que van quedando, estilo Antibióticos-” el Ayuntamiento y la Junta se han pasado todo el santo verano insultándose a cuenta del tranvía, si bien más los del PSOE que los del PP, que por algo tenían la iniciativa, y sin que nadie echara las cuentas de esta sanjuanada en dinero público. Porque lo de los cincuenta millones de euros de inversión sólo es el principio. ¿Oiga, y con qué llenamos luego el artilugio de Fernández? ¿Con jubiletas a diez céntimos el billete, como en los autobuses municipales? ¿Con un carrito bonovía de la compra para las sustanciosas amas de casa? ¿Y cómo se selecciona a los inevitables enchufados a contratar en el nuevo servicio? Porque, esa es otra, a ver quién lo paga en el proyecto estrella alcaldil y zascandil.

En éstas se ha ido el verano con mucho alguacil alguacilado hasta que un juez de lo contencioso-administrativo les tomó la temperatura de la sesera y mandó parar las obras en la avenida del Padre Isla. Ahora han vuelto a taparlas con un coste añadido que se volverá a doblar si reabren otra vez las zanjas, en total la tira de millones. Agarrando esta mosca de agosto por el rabo y con mente criminal el portavoz del PP, Julio Cayón, ha propuesto que el arreglo del estropicio lo pague de su bolsillo Paco Fernández o, en su defecto, el concejal de Urbanismo y tocayo Francisco Gutiérrez. Pero Cayón es un pardillo y a lo mejor por eso seguimos siendo amigos. «No, macho», pienso decirle la próxima vez que me lo tope en el Húmedo, «en el improbable supuesto de que aflojaran la mosca de su bolsillo ese dinero sale de los nuestros, que les pagamos la nómina para otras cosas». ¿Solución? Que les den a Fernández y Gutiérrez sendos picos y palas para cavar con sus propias manos. Modestia aparte, cabronadas como ésta sólo se nos ocurren a unos pocos apolíticos.

Empieza septiembre con el anuncio de catas arqueológicas en la plaza de Santo Domingo por ver si el tranvía puede atropellar en el subsuelo quién sabe qué restos romanos o medievales. El Ayuntamiento, por librar, propone catar ciento y pico metros cuadrados y la Junta, por joder, el triple. Lo que puedan encontrar allí ya se lo anticipo yo: la dentadura del centurión Marcelo, patrono de la ciudad, y tal vez el cinturón de castidad de Doña Urraca, cuyas llaves se perdieron ya en los albores del leonesismo. Pasó igual cuando hicieron el parking subterráneo de la Plaza Mayor y aparecieron las bodegas de San Froilán. Esto último sí es verosímil y se podría mejorar arqueológicamente debajo de Casa Benito, donde el tabernero Alfredo no ha hecho reforma con mucho sentido común por si le paran las obras.

Todo esto pasa mientras los obispos de León y Astorga no paran de hacer rogativas por los mineros y Alfonso Guerra promete ir a Rodiezmo para arreglar lo del carbón con barrenistas que prefieren rezarle a Santa Barbara bendita.

Personalmente la polémica entre el alcalde y la Junta sobre el ya aburrido tranvía y los permisos administrativos correspondientes le recuerda a uno el chiste del baturro en su burra cuando llegaba el tren por lo de «chufla, chufla, que como no te apartes tú...». Y la jotica aquella, a efectos de encuestas y campañas electorales, de «el alcalde de mi pueblo/muy bruto tiene que ser/para mandar en nosotros/que semos más brutos que él».

Déjate de tranvías, maño.

Cava ya el metro.

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