Diario de León
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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

La vida cristiana es un itinerario para llegar a ser «hijos de la luz» y ser cada vez menos «hijos de este mundo»: ¿Ponemos todo lo que tenemos (dinero, tiempo, influencias...) al servicio de lo que Dios quiere? ¿O no?. Tenemos que preguntarnos si realmente queremos andar este camino: por ejemplo, ¿Podemos pronunciar honestamente el Salmo Responsorial de hoy: «Alabad al Señor, que ensalza al pobre»?

El evangelista Lucas vuelve una y otra vez al tema de las riquezas, ese obstáculo que el creyente debe saber sortear si pretende acceder al Reino de Dios. Pero hoy nos sorprende con una parábola cuyo injusto y astuto protagonista es presentado por Jesús como modelo digno de imitarse en los negocios del Reino. Para tener un punto de vista general de referencia y no perdernos en detalles que puedan distorsionar el sentido del evangelio de hoy, es conveniente comenzar por la frase final, verdadera clave de todos los textos relacionados con el Reino y las riquezas: «No podéis servir a Dios y al dinero». Jesús no critica la riqueza en sí misma, sino el valorar la riqueza como bien supremo y motor de las actividades del hombre. Subraya el poder destructivo del afán de posesión, que es el verdadero anti-evangelio del Reino. Una sociedad fundamentada sobre el ideal de poseer más y más lleva necesariamente a la destrucción de todo ideal de comunidad auténticamente humana, como demuestra la historia a lo largo de los siglos.

La parábola de administrador astuto nos puede ayudar. Había hecho tan mal las cosas teniendo a su cargo los bienes de su señor, que terminó por transformarlos en «males» para su futuro. Había desaprovechado una buena oportunidad para vivir honradamente el resto de sus días. Pero ante la perspectiva de caer en desgracia, tuvo un momento de lucidez y aprovechó las horas que le quedaban de administrador para procurarse, con trampas, buenos amigos.

En síntesis: supo salvar su vida y su futuro haciendo un uso inteligente de la administración que estaba a su cargo. Pues bien, algo similar debe hacer todo hombre en la administración de sus bienes y riquezas: lejos de transformarlas en una tumba o trampa mortal, debe usarlas como un instrumento para no perder el único bien absoluto. Por lo tanto, la parábola relativiza el valor en sí de las riquezas, ya que lo único importante es que el hombre se salve y consiga el objetivo último de su vida. Si administrar los bienes materiales constituye un negocio material, con más razón -apunta la parábola- hay que cuidar el negocio más importante y definitivo: la conquista del Reino de Dios. La única tarea que debe importar.

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