Diario de León
Publicado por
ANTONIO NÚÑEZ
León

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M añana tampoco. Se ha montado un gran follón a cuenta de la deuda pública y lo atornillada que tienen a España los mercados internacionales. A lo mejor usted no lo entiende porque piensa que el dinero del Estado no es de nadie y nunca se acabará, pero no se culpe por su ignorancia. Zapatero opina lo mismo y le da igual. Si acaso preocúpese de que no le rebajen la pensión, el sueldo, el subsidio de paro a la mierda y le suban otra vez la gasolina y el tabaco. Es lo menos que le puede pasar.

La deuda pública, a ver si se aclara el señor presidente, es como la de cualquier familia, pero a lo bestia. Debe de rondar ahora los doscientos mil millones de euros, tal vez el doble o el triple, euro arriba o abajo, pero el caso es que hay que pagarla. Cuando un país no cumple a eso se le llama refinanciar. Y al Gobierno no se lo hacen por esos mundos de Dios ni tiene con qué, porque acumula la tira de parados, pensionistas, funcionarios y autonomías. «¿Oiga, y a mí qué?», dira usted mientras espera otro Madrid-Barça. Pues, hombre, para entenderlo pruebe a ir al director del banco de la esquina y pedirle una prórroga de mil eurines en la hipoteca alegando que está en la cola del Inem, con una hija casadera en bodas, otra nieta de primera comunión y el abuelo en una residencia. Invariablemente le dirán en la ventanilla: «Elimine gastos superfluos, invitados en la boda, total para lo que duran ahora, comuniones pantagruélicas a toda hostia y déjenos de paso en prenda la dentadura de oro del viejo o le embargamos el chiringuito». Traducido del mundo mundial a su caja de ahorros viene a ser lo mismo.

No se sabe en qué acabará esto con un Zapatero al que su ex ministro Jordi Sevilla le prometió enseñar economía «en dos tardes». El tal Sevilla acabó dejando el cargo para largarse a su pueblo canario, mientras que el otro ahí sigue aún sin saber cómo se hace una «O» un cero con un canuto. Sí sabe, en cambio, de fotos, pero no es lo mismo que la fotocopia de la cuenta corriente de un país. Y hay trazas de que todo va a seguir igual hasta que lo deshaucien a él o, en su defecto a cuarenta y cinco millones y pico de paisanos.

Hay gente que se encoge de hombros y, como cree que le cae todavía lejos, es como si no fuera con ella. Craso error, porque para pagar la deuda pública, a mayores de recortar al abuelo la pensión y el sueldo de la cuñada que colocó de funcionaria uno del PSOE o del PP, están la subida de impuestos como el Iva o el IRPF. Y no sólo es el Gobierno. A cuenta del personal deben la tira de pasta autonomías, diputaciones y ayuntamientos. El de León, sin ir más lejos, tiene que devolver en diez años noventa millones de euros por la basura y el transporte, aunque usted haya pagado religiosamente el recibo de la primera y el billete del busi. ¿Dónde ha ido a parar esa pasta gansa? A mí que me registren, pero en total son quince mil millones de las desaparecidas pesetinas y, dividiendo por el censo de población, en casa tocamos a cien mil pesetas por cabeza, incluído el perro, que ni sabe trabajar de pastor, ni de labrador, ni de perdiguero, ni quiere: otro parado más que alimentar.

El derroche de dinero público que no era de nadie y ahora hay que pagar viene de muy atrás aunque con el PSOE, como dicen los finos, se ha institucionalizado. Obsérvense las fotos de presentación de las últimas máquinas del trenillo de Feve, el riego municipal de geranios en los balcones de la Calle Ancha y la imbecilidad de los carriles bici con este clima. Del aeropuerto sin aviones más vale no hablar.

En los paises serios, como los anglosajones y los de tradición luterana, la gente va a votar y lo primero que medita ante las urnas al meter la papeleta de tal o cual candidado es «¿Cuánto me va a costar éste en impuestos?». Es otra cultura. Aquí, por el contrario, ya con Felipe González y la Expo del 92 todo el mundo bailaba por sevillanas mientras el gasto se medía en «pellones», mil millones de pesetas por contrata, en honor al comisario Jacinto Pellón. El personal estaba tan contento que bajaban excursiones desde León a Sevilla en pleno mes de agosto para pagar un agua mineral a sesenta duros con cuarenta grados a la sombra. Luego Solbes, de la primera ronda como ministro de economía en aquellos gobiernos, dejó también cuatro millones de parados, como luego con Zapatero.

Un aviso para el que vuelva a votarle la próxima vez. Que se tiente el bolsillo y eche las cuentas con un «¿Me queda algo suelto?».

Fuera no admiten moneda fraccionaria.

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