Practicaba la santería para protegerse de la policía
Alrededor del laboratorio la organización había instalado un auténtico fortín, con perros guardianes o micrófonos direccionales para detectar cualquier movimiento. «Eran unos auténticos paranoicos de la seguridad», relató Migueláñez, que afirmó que los cabecillas de la red tenían escoltas personales fuertemente armados, con pistolas semiautomáticas de origen ruso, nunca vistas hasta ahora en la delincuencia organizada en España. Esta obsesión por la seguridad tenía también su reflejo en la vida personal de una de las jefas de la organización, una mujer española, seguidora de la santería cubana, a la que acudía para pedir consejo en sus «negocios». En el curso de las investigaciones, que han durado dos años, los agentes han podido ver a esta mujer, de nombre Ana, sacrificar palomas, patos o corderos junto a un río para que la suerte le fuera propicia y con la esperanza de que la ofrenda le proporcionara protección frente a la policía que, sin embargo, le seguía los pasos.