Diario de León
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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

El Evangelio de este domingo es de los más hermosos de leer y más difíciles de cumplir. Sólo se puede entender con la misma actitud de Jesús, una actitud religiosa, desde la que Él siempre vive y habla. En ella hay que situarse para poder comprender su mensaje. Ser religioso no se identifica con ser persona de hábitos piadosos, aunque puedan coincidir. No por repetir más jaculatorias ni por tener el nombre de Dios en la boca se es por ello religioso. Ser religioso es vivir la realidad cotidiana y la profunda desde la referencia a Dios que alimenta y apoya las grandes convicciones y actitudes con las que nos guiamos. Ser religioso es tener una actitud muy natural ante la vida y contarla desde Dios. Es vivir una estrecha relación vital con Quien es confesado como el autor y director de la Historia.

Jesús, situado en esta perspectiva, tiene como misión de su vida ayudarnos a descubrir la realidad, el modo de ser, la forma de actuar y sentir de Dios, a Quien Él considera de una manera muy personal y cercana, a Quien Él concibe siempre en relación con los seres humanos. Y para expresar ese sentido personal, cercano, sensible y relacional, utilizó como palabra clave el término PADRE. Esta es la respuesta clave que permite entender a Dios y comprender el mensaje de Jesús. Dios es como un Padre. Ser padre es ser capaz de amar. Amar dice relación, no perfección: es establecer un tipo de relación donde el amor supera todos los límites. Nunca, hasta que uno es padre, sabe hasta dónde es capaz de amar, de luchar, de sacrificarse... «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» no es una llamada obligatoria ni una norma ni un consejo. Es una confesión admirada y sorprendente. Es un descubrimiento. Es, también, una invitación. Porque perfectos no podemos ser ni merece la pena luchar por la inasequible meta de una fría perfección moral al estilo estoico. Pero sí que podemos entender y admirar al Dios que Jesús nos descubre en esa faceta tan cercana, humana y sensible, tan próximo, tan comprensivo, tan entrañable.

La santidad de Dios no es alejamiento del hombre, sino bondad salvadora de Dios. Dios se manifiesta como es, amando. Consecuencia: lo que Dios fue para ti has de serlo tú para tu prójimo. Conocer a Dios-amor es equivalente a «nacer de nuevo». Nacer de Dios es como dejar desarrollar esa semilla de bondad y justicia que en nosotros dejó la huella creadora y recreadora del paso del Señor. La santidad es una meta, pero no de autocomplacencia ni de estética espiritual, sino una responsabilidad del creyente consecuente con su nueva identidad: «Sois Templo del Espíritu de Dios».

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