Diario de León
Publicado por
PEDRO TRAPIELLO
León

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Supón que quizá los colores tengan alguna respuesta medicinal que ni siquiera el docto filósofo sabe darte para interpretar estos tiempos y sus señales, este ordenado caos de dioses muy desordenados. Pues entra ahí. No tengas miedo, no muerde el sitio. Es una galería de arte y no hay más radioactividad fukusiana que la emoción activa que radien sus cuadros. Y la irradian con toda la paleta imaginable que tiene el óleo y con la millonada de tonos que brinda la paleta digital si son obra de Manuel Jular, referencia ineludible si se habla de la pintura leonesa en los últimos cincuenta años, siempre desde las vanguardias, siempre buscando algo más allá de la plástica, una interpretación críptica de la política del alma, un bofetón hermoso, un verso de hierro y arpillera... o el monte de Venus convertido en el valle de los infiernos rojos. No frecuenta Jular la complacencia o la figuración amable. Se le agradece, pues el pinturerismo decorativo todo lo invade y la fascinación por la vulgar extravagancia copiada nos asfixia, así que esta colección con la que la pintura de Manolo comparece ante los suyos desde la sala Ármaga me la he tomado medicialmente y se me ha quitado un viejo resfriado que pillé en el Musac y que se me había vuelto algo crónico.

Lo insólito de esta exposición no es tanto la obra colgada (que lo es, desde los vigorosos y actuales óleos de hace quince años a la rabiosa caleidografría de lo digital), sino los cuadros encarpetados y hechos cuaderno de peso y lomo anillado, todos los colores convocados ahí, todo un latigazo a los sentidos en cada página que se abre a toda lámina... y al lado, apareándose el texto con el brochazo digital, don Arthur Rimbaud en persona y otros testigos que comentan su « Temporada en el Infierno ». Uf, terrible esa mirada actual del poeta muerto. Y magnífica esta puesta en escena que le ha aparejado Jular. Lo ha llamado «el cuaderno de Rambó» , como suena, porque a Rimbaud le tiene como de casa de toda la vida y porque nos sirve aún de linterna parpadeante en los atajos de la infernal tragedia humana y de la muerte, farol del carro de los dioses y demonios que creamos en las noches del alma. Pide ese «Rambó» en la galería.

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