Gente de aquí | Con el ‘cachapo’ al cinto
Y no es para los turistas
Dos hermanos de San Román de la Vega siegan, engavillan y majan el centeno como antaño, ajenos a las exhibiciones que tanto proliferan

Valentina con el ‘focín’ y Antonio con el ‘gadaño’ en las manos, ante el cereal segado.
En verano, esa época en la que turistas, asturianos e ‘hijos del pueblo’ llenan las villas y aldeas leonesas, proliferan las exhibiciones de casi todo: de alfarería, de trilla, de siega, de hacer adobes, de perros pastoreando ovejas... actividades encomiables la mayor parte de las veces aunque en algunas ocasiones tengan poco de auténtica recreción y mucho más de porrón y de ganas de ponerse sombrero de paja en la cabeza.
Pero en el pueblo de San Román de la Vega, muy cerca de Astorga, puede contemplarse, si uno se encuentra con Valentina y Antonio Aparicio González (78 y 71 años respectivamente), una siega de centeno tradicional y ajena casi por completo tanto a innovaciones técnicas como a demostraciones hechas para el ‘veraneante’. Toño y Tina, como son conocidos en la zona, tienen delante de su casa una pequeña finca en la que siguen sembrando cereal con destino a la alimentación de sus gallinas y poco les importa que no pueda entrar en ella la cosechadora.
La ocasión es idónea no sólo para comprobar el instrumental que utilizan ambos hermanos en estas labores sino también los nombres auténticamente leoneses asociados a las mismas.
Toño va con el cachapo (recipiente de madera o cuerno donde se mete la piedra de afilar) enganchado al cinto y con un poco de agua en su interior acompañado de hierba para que al girar la piedra en él no se caiga el líquido, y Tina lleva dos hoces — focines— para engavillar el centeno. Después de segar un buen trozo, Toño ata las gavillas con la garañuela , es decir, con parte del mismo cereal que está segando; y una vez preparados varios manojos se disponen a hacer la morena , esto es, un montón de ellos que pueden ser 16 ó 18, dependiendo de si por debajo se ponen dos o cuatro manojos. A esto se le llama amorenar . «Toda una lección de agricultura tradicional que las instituciones debieran promover para que la gente joven vea cómo se hacían antes las cosas», dice precisamente uno de estos jóvenes, Abel Aparicio, escritor y organizador de la semana cultural del pueblo.
Una vez finalizada la siega, Toño muestra a los curiosos el porro de majar, «la maixa , como se decía antes», comenta. Y explica que la primera trilladora llegó a San Román en 1959, año en el que lluvió mucho y se acabo de meter el grano la última semana de agosto. Para finalizar, enseña dónde tenían sus padres el forno , las ferramientas y el fuso , dónde guardaban el rebaño concejil y donde estaba el boquerón para meter la hierba.
En definitiva, una lección que no está en los libros.