El trabajo y la persona
Cada día su afán José-Román Flecha Andrés
El día 14 de septiembre se han cumplido treinta años de la publicación de la encíclica Laborem exercens. El papa Juan Pablo II celebraba con ella los noventa años de la doctrina social de la Iglesia.
La encíclica afirma que «el trabajo lleva en sí un signo particular del hombre y de la humanidad, el signo de la persona activa en medio de una comunidad de personas; este signo determina su característica interior y constituye en cierto sentido su misma naturaleza».
Hace treinta años se adivinaban ya las nuevas condiciones tecnológicas, económicas y políticas que habían de influir en el mundo del trabajo. El Papa mencionaba, por ejemplo, «la introducción generalizada de la automatización en muchos campos de la producción, el aumento del coste de la energía y de las materias básicas; la creciente toma de conciencia de la limitación del patrimonio natural y de su insoportable contaminación; la aparición en la escena política de pueblos que, tras siglos de sumisión, reclaman su legítimo puesto entre las naciones y en las decisiones internacionales».
Esos cambios supondrían para muchos seres humanos la superación de la miseria. Pero podrían significar también «un mayor desempleo, la necesidad de nueva especialización, y una disminución o crecimiento menos rápido del bienestar material para los Países más desarrollados».
A distancia de treinta años vemos que aquellas previsiones eran justas. Por desgracia, constatamos que no se han tomado las medidas oportunas para difundir los efectos positivos y disminuir los negativos.
Muchos han seguido subrayando el problema de la «clase», mientras que el papa colocaba en primer plano el problema del «mundo» y la dimensión universal de la desigualdad y de la injusticia.
Si el trabajo humano es quizá la clave esencial, de toda la cuestión social, la solución gradual de la misma se encuentra en el intento de «hacer la vida humana más humana».
La aportación más novedosa de la encíclica fue analizar el trabajo en sentido subjetivo, es decir, considerar el hombre como sujeto del trabajo con independencia del objeto que produce. Nadie vive a solas y nadie trabaja en solitario.
Precisamente por eso, «el trabajo humano tiene un valor ético, vinculado completa y directamente al hecho de que quien lo lleva a cabo es una persona, un sujeto consciente y libre, es decir, un sujeto que decide de sí mismo».
Unos cuantos años antes, Guy de Larigaudie escribía que «tan importante es pelar patatas como construir catedrales». En esa misma línea, Juan Pablo II afirma que «la finalidad del trabajo, de cualquier trabajo realizado por el hombre —aunque fuera el trabajo «más corriente», más monótono en la escala del modo común de valorar, e incluso el que más margina— permanece siempre el hombre mismo».
Esa convicción ha de orientar nuestra valoración de la persona y generar normas políticas y sociales para que toda persona pueda realizarse como tal en su trabajo.