CORNADA DE LOBO
Pucherito feliz
Si ya era un poema ese entuerto, le cupo al final su estambote: «Si tú me dices fu, lo dejo todo»... menos el bote.
Ahuecó el señor Raquetas, echó las pelotas fuera, amagó dos pucheritos y eludió los raquetazos del mal tenista enrrabietado (¿los aplaza?). Se prohibió toda pregunta a la prensa convocada (son las respuestas las que están prohibidas), levantóse, fuese y no hubo más. Salió de la ignominia por la tangente, parodió la canción del «yo no soy esa que tú te imaginas» (ni tampoco un sinvergüenza), sacó sus medallitas, se postuló como víctima y chivo inexplicado... y finalmente declaró: «a partir de ahora volveré a ser persona (¿qué era antes, cosa o animal?) y seguiré siendo feliz ».
¿Alguien lo duda?
Pero siendo esto un Cuento que se acaba, al decir sólo «feliz» se ha comido el muy tunante la «perdiz», el matiz del regaliz, esa perdiz que después del colorín colorao zampan siempre los protagonistas de una fábula. A ver: si un día dijo nanainas y al siguiente mis polainas , es porque hizo cuentas (se las hicieron, más bien) y tras confundirnos y marear a lo bobo esa perdiz, la desplumó, la estofó y... échale ahora un galgo. Nadará en la ambulancia.
Feliz... él y su perdiz.
¿Y la codorniz y la malviz que le han puesto tapaditas en su gallinero?
Pero aconseja un refrán que A la liebre y la perdiz, por la nariz , esto es, que se cuelgue la caza al oreo durante largos días hasta que su olor dé patadas al olfato (pasó un mes hasta conocerse el cuponazo). La cocina palaciega del Siglo de Oro exige guisar la perdiz así, después de que la pieza haya caído de su gancho en la fresquera tras rompérsele el pescuezo podrido. Exquisita y noble podredumbre... en el morral y en la andorga... ¡como reyes, paquirrín!
Buen provecho.
Y ahora, tras el pucherito y la perdiz, los que vienen arreando en su partido habrán de buscarle al marrón la bisectriz, taparse la nariz, medir la cicatriz y... ¡otra capa de barniz! Total, aquí se acaba este cuento que de trolas tiene un ciento... cuenta el fin de un gavilucho que, apañando como loco, se nos quedó en Paco Poco por creerse un Paco Mucho... con cucurucho y sin mocos.