EL PAISANAJE
Cara de palo

Qué diferencia de talantes entre Mariano y José Luis. El primero sacó a bailar un minué, como quien dice, al segundo en los discursos del aniversario de la Constitución y no le pisó ni un callo. Con mayoría absoluta tenía derecho a hacerlo, incluso a dos pies, como cuando sin tenerla Zapatero se envalentonó frente al bigote de Aznar y le mandó, antes y después de las elecciones, a los del «No a la guerra», le puso la zancadilla al mismísimo Bush retirando de hoy para mañana las tropas de Irak, se chuleó inmediatamente con las ministras de la señorita Pepis, Bibiana y Leire, azuzó contra los gringos al venezolano Chaves, una mala bestia entrenada para embestir cualquier cosa, le hizo la pinza al PP en el Pacto del Tinell y negó la crisis económica acusando a los demás de antipatriotas, todo seguido, casi sin respirar y de una tacada. Queden sentadas estas premisas para que quede claro también cómo se les gastaba el paisano.
De todo esto Rajoy no dice ni mu en el traspaso de poderes, se ve que prefiere ir a lo suyo sin meter ruido. En un subidón de optimismo el leonés llegó a proclamar a los cuatro vientos que España jugaba en la champions ligue de las economías, que habíamos adelantado a Italia, que Francia estaba a punto de caramelo —acababa de hacer campaña contra Sarkozy a favor de la sociata Segolene Royal— y, respecto a Alemania, había pronosticado que la Merkel sería una «fracasada». A lo mejor le echó las cartas Rappel. Que luego tuviera que dar marcha atrás aceptando todas las imposiciones de Francia y Alemania, por lo demás muy sensatas, era de cajón para un tipo al que el exministro canario Jordi Sevilla se comprometió a enseñar economía «en dos tardes». También aceptó la orden del retinto Obama para enviar más soldaditos españoles a Afganistán y Líbano, donde siguen sin un rechistar de los pacifistas y los actores de la ceja.
¿Y qué hace el gallego, aparte de no fiarse de las deudas que se encuentre al abrir los cajones y levantar las alfombras? Pues las relaciones entre él y el inquilino saliente de La Moncloa son versallescas, oiga, mientras los sindicatos y lo que queda de la izquierda afilan las navajas para cuando sea presidente. Se ensayan ya huelgas en educación, sanidad y la general está al caer, lo mismo que está pasando en Grecia o Italia. Por cierto que han subido las bolsas y bajado la prima de riesgo desde que cayeron espantapájaros políticos como Papandreu, Berlusconi y, ahora, el de aquí. Los que les suceden en el puesto están haciéndoles la cuenta de la vieja a sus compatriotas recordándoles que no se puede gastar más de lo que hay en casa, que después del déficit viene la ruina y, si no pagas, la miseria. Ya ni siquiera bastaría para quedar a pre con empeñar en pública subasta las joyas de la abuela, estilo Loterías o Aena.
Rajoy en su escalera presidencial no ha movido un músculo para que, como buen gallego, no se sepa si sube o baja. Sólo ha insinuado vagamente recortes por aquí y allá y alguna que otra subida de impuestos, por ejemplo el IVA, aunque sin mentar la bicha. La virtual oposición espera mientras tanto que se moje para caerle encima. Las tijeras en el gasto público y la maza de Hacienda son seguras, según los más próximos del Partido Popular, cada cosa a su tiempo. Así que ojo a la cartera.
Aunque los más pensamos que más que tijeretazos urge el hacha. Con la parsimonia que le caracteriza ha dicho Rajoy que no quiere quemar a sus futuros ministros adelantando los nombres y menos aún el de Economía. Podría ser, pero en la peña del bar de abajo quien más y quien menos apuesta a que va a ser él personalmente quien conduzca el tren que saque a España de este atolladero infame en que lo ha dejado su predecesor. De viajeros lleva más de cinco millones de parados.
Para dar una pista a tanta izquierda y nacionalismos irredentos que están esperando guadaña en mano para segarle directamente los pies, nada de la hierba de abajo, se les recomienda ver «El maquinista de la General» de Buster Keaton, alias «cara de palo» en el cine mudo, cuando tenía que cortar toda la leña de los vagones para echarla a la caldera y que furrulara la locomotora. Aquel trenillo llegó a la estación de destino sin una astilla, pero llegó, que es lo que quieren Sarkozy y la Merkel en blanco y negro.
Y es lo que pensamos muchos acordándonos de la británica Tatcher: cuando ya no queden déficits ni subvenciones a repartir a ver cómo se suben a la vagoneta de las movilizaciones los sindicatos.
Mejor que empujen.