Esperanza y libertad
Cada día su afán José-Román Flecha Andrés
El tiempo de Adviento se anticipa cada año en nuestra sociedad secularizada por medio de los adornos y de las luces que adornan los escenarios de las «Fiestas del fin y del comienzo del año». Así se han empezado a llamar para evitar toda mención al nacimiento de Jesús.
Para los cristianos, el Adviento no es sólo un período de gastos y de compras. Es un tiempo para preparar el corazón a la celebración de la Natividad de Jesús. La encarnación del Verbo de Dios ha cambiado el giro de la historia. Y ha de cambiar también la jerarquía de nuestros valores. El Adviento es un momento adecuado para redescubrir el valor de la virtud de la esperanza.
«La esperanza es algo así como las nupcias de dos libertades, la humana y la divina, en la aceptación de un amor que es al mismo tiempo promesa y principio de cumplimiento». Así escribía el monje trapense Thomas Merton en su libro Los hombres no son islas. Aquella frase suscita hoy una breve reflexión.
En primer lugar, nos llama la atención la libertad. ¿Quién no la desea para sí mismo y para los demás? La libertad se ha convertido hoy en el resumen de todos los derechos humanos y en la bandera de todas las reivindicaciones. Sin negar esas aspiraciones, el creyente ve su libertad a la luz de la libertad divina. Si Dios fue libre para hacerse hombre en Jesús, el hombre está llamado a dirigir su propia libertad para aceptar la llamada a divinizar su existencia. Ese es el admirable intercambio que canta la Navidad.
En segundo lugar, está la invitación a aceptar el amor. Vivimos embriagados por la sed de autonomía personal. Queremos ser autores, protagonistas y difusores de nuestra propia novela. De una forma o de otra, todos pensamos ser el origen de todos los valores. ¿Será posible llegar a descubrir que el amor es, antes que nada, un don que se nos entrega gratuitamente? Esa convicción es señal de sabiduría y sensatez. Pues bien, la Navidad nos recuerda que el amor de Dios, manifestado en Jesús, es un regalo inmerecido que viene a cambiar nuestra vida y nuestro mundo.
En tercer lugar, nos llama la atención esa argolla que une la promesa al principio del cumplimiento. En realidad, todo lo que vale en la vida es anticipación de una plenitud que soñamos y anhelamos y por la que luchamos con todas nuestras fuerzas. Cuando esa plenitud empieza a alborear adquieren sentido todos los esfuerzos que nos han ido manteniendo en el camino. Creemos que el nacimiento de Jesús culmina la espera del pueblo hebreo. Pero también estamos convencidos de que lleva a su cumplimiento los mejores anhelos de todos los pueblos y de todas las culturas.
Libertad, amor y promesas. He ahí tres palabras mágicas. O mejor, tres ingredientes que configuran la verdadera sustancia de la virtud de la esperanza. Esa pequeña esperanza que el Adviento enciende de nuevo cada año, mientras nos preparamos para celebrar el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios.