CORNADA DE LOBO
Una de Fraga
Hasta el mismo borde llenaron de adjetivos la tumba de Fraga. Quedó enterrado bajo halagos y venablos, trabajados o merecidos los dos. Y como fue grande y grandón, lo escrito sobre él estos días forma tal barricada, que no hay quien se la salte ni en tres meses, así que supongo al lector saturado del tema y del personaje, sugiriéndole que detenga aquí mismo la lectura buscando otro quehacer de más provecho porque no me privo de meter tabla en el retablo gigante que le han montado a este buen señor, leonés consorte, gallego cazurro y condenado a tener a León en la agenda, en la chepa, en el rifle o en la caña (y como gallego, a cruzar esta tierra cada vez que iba o venía).
No le dio mayores disgustos este sitio y paraba aquí de buena gana, supongo, aunque la mitad de la derechona cazurra le estomagaba e incluso le ofendía. Su mejor gozo leonés era matar bichos con cuernos en reserva de caza o atropar truchas por la orilla del Porma, del Órbigo o del Burbia. Ejercía o disfrutaba de un cierto derecho señorial antiguo sobre cazas y pescas porque había creado aquí el Hostal de San Marcos y se le estaba eternamente agradecido, se perdía el culo en atusarle y, si tocaba ir de pesca o montería, una nube verde de guardas y otra de civiles le sombreaban de cerca el andar y la jornada.
Para pescar, junio. Cada año. No lo perdonó ni cuando le arrrearon aquel humillante batacazo en las primeras elecciones, huyendo de Madrid sin dar explicaciones ni atender a los medios. Al día siguiente estaba en el Condado sembrando cucharillazos por mitad del río como si fuera un «¡la calle es mía!». Qué tío. Me cogí aquel día a Daniel Gavela y nos colamos en el coto por sotos espesos y corrientes para obtener como fuera las primeras declaraciones del mastodonte abatido. Se nos esguiló y unos tricornios nos aconsejaron de lejos que era mejor tomar una caña en el pueblo, volver a León y apostarse en la puerta del Hostial donde estaba lógicamente hospedado. Volvió y, con aire coronel, pasó de preguntas como del Diablo Bizco. Le esperábamos abatido o al menos fatigado (los escoltas volvían molidos). Y no. Estaba seriote, pero tan pancho, resuelto y conformado. Qué tío, ¿la desgracia le excitaba?...