Diario de León
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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

Las lecturas de este domingo nos dicen que el cristiano siempre está en proceso de reforma. Es lo que llamamos conversión, una tarea que dura tanto como la vida misma. El llamado por Cristo se convierte a una nueva vida: pasa a ser «hermano universal» de todos los hombres y debe recorrer las ciudades como Jonás, aunque cueste trabajo, se tenga miedo y se arriesgue uno a no ser bien recibido. Debe anunciar a tiempo y a destiempo la voluntad de Dios. Hoy, en nuestros días, «pescar hombres» es permitir que éstos entren en la red de la fraternidad. Para ello una actitud excelente es ir a verlos por lejos que estén, cruzando distancias si la lejanía es física, acortando diferencias si la lejanía es mental, social, cultural o religiosa. Pero hemos de empezar por descubrir las distancias con los más cercanos, en las que no habíamos reparado, para superarlas. Para ello, hemos de ser viajeros aun sin movernos físicamente. Porque el «momento es apremiante» y hemos de vivir ligeros de equipaje, como si no tuviéramos nada, como nos aconseja san Pablo, en marcha hacia la fraternidad universal. El apremio de nuestro tiempo es saber buscar y descubrir el nuevo modo de la generosidad, de la gratitud, de la seriedad en la alegría, del servicio que no sea limosna, de la imaginación que no sea «ilusión», de la reconciliación que no sea componenda.

El que ha descubierto la importancia del Evangelio y se ha convertido al reinado de Dios, ya no puede instalarse en este mundo. No puede llorar como si no hubiera consuelo para sus lágrimas, no puede reír como si ya hubiera hallado la felicidad completa, no puede trabajar o negociar como si esto fuera su verdadero destino. Por eso la conversión que nos pide Jesús es el abandono de las mediocridades, mezquindades, cerrazones y servidumbres, para abrirnos a la salvación de Dios, que es plenitud de vida y libertad. Y esto nos resulta doloroso, porque estamos pegados a nuestros egoísmos y seguridades. La conversión al Reino nos exige amar hasta ser capaces de perdonar, ser libres incluso para hacernos servidores, ensanchar nuestro espíritu hasta hacer nuestras las alegrías y esperanzas, las tristezas y angustias de los demás, saber complicarnos la vida para aliviar la de los demás. Esta es nuestra tarea, pero es posible que un día nos pidan cuentas por habernos presentado como portadores de la buena noticia y nos hayamos dedicado a dar malas noticias, pues la peor noticia para este mundo sería que el reino de Dios fuera asunto de otro mundo.

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