Diario de León
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Cada día su afán José-Román Flecha Andrés

El tiempo no lo cura todo, pero sí desplaza lo incurable del centro de la atención». Aunque parezca un tanto cínica, esa frase del escritor norteamericano Ludwig Marcuse no es inocente. En realidad nos acusa a todos, especialmente a los que vivimos en los países desarrollados.

Hace unos cuantos años el académico Raoul Follereau dio más de 30 veces la vuelta al mundo para recordarnos que la lepra no había sido erradicada. Que los leprosos vivían a unos pocos metros de aquellos que los ignoraban.

Este año, la asociación católica «Manos Unidas» organiza su campaña de concienciación social bajo el lema y el ideal del «Derecho a la salud». Es cierto que en todas partes hay quejas respecto a los sistemas de la sanidad pública. Pero en este caso se nos invita a fijar la atención en los países que se hallan en vías de desarrollo. Sus ciudadanos cuentan con menos médicos y con menos hospitales. Y éstos están privados de los medios que son habituales en otros países más ricos.

Por otra parte, subsisten en esos medios enfermedades persistentes, como la tuberculosis, la malaria o el sida, «esta enfermedad que parece tener la misión de recordarnos la vulnerabilidad de la especie», como escribía hace unos años el periodista español Ramón Sánchez Ocaña. En realidad, ha venido a recordarnos la vulnerabilidad de la especie y la insolidaridad de la comunidad internacional.

En su primer discurso ante las Naciones Unidas (2.10.1979), Juan Pablo II recordaba que en la Declaración Universal de los Derechos Humanos se había incluido también el derecho a la salud. Dirigiéndose la Organización de Estados Americanos unos días más tarde (6.10.1979) afirmaba que hablar de este derecho, como del derecho a la alimentación, a la casa, a la instrucción o al trabajo, es siempre hablar de la persona humana. Esa persona que, habiendo sido creada a imagen de Dios, se encuentra con frecuencia amenazada.

En su exhortación sobre «Los fieles laicos» recordaba años más tarde (30.12.1988) que el discurso sobre el derecho a la salud y a los demás derechos humanos resulta falso y engañoso «si no se defiende con decisión el derecho a la vida, como derecho primero y fundamental, condición para todos los demás derechos de la persona».

Dicho esto, es preciso denunciar el desvío de grandes cantidades de dinero a programas ridículos o escandalosos, mientras mueren las personas. Es necesario colaborar con las instituciones públicas y privadas que tratan de erradicar las enfermedades más graves. Y es urgente modificar la regulación internacional de patentes de medicamentos y establecer unas medidas de precios equitativos y distribución masiva de los mismos.

En éste, como en tantos otros campos, la caridad requiere el establecimiento universal de la justicia. Y la justicia solicita la generosidad y la entrega gratuita de la caridad.

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