EL PAISANAJE
Guía de huelga

Los sindicatos han convocado para hoy manifestaciones contra la reforma laboral de Mariano en todas las capitales de provincia, incluida León, lo que algunos colegas interpretan como el primer paso de una huelga general a plazos, otros como un calentamiento de motores y no faltan los que opinan, como un servidor, que simplemente están tanteando el agua de la piscina antes de tirarse de cabeza. Elemental, Watson, porque con casi seis millones de parados a lo mejor no la hay y tontos no son (los del paro tampoco).
Cada vez que a Zapatero le mentaban la huelga general se veía con el agua al cuello y no paraba de regar subvenciones a UGT y CC.OO. para que floreciera la paz social, aunque lo único que crecía en aquel jardín era desempleo. Y no vea usted como dejó el césped de la piscina. Parece ser que su parsimonioso sucesor, el gallego Rajoy, ya cuenta con la dichosa huelga, según declaró una vez en Bruselas a micrófono cerrado o eso creía él. Quizá sea lo único en que se ha adelantado a los acontecimientos. «Se siente, pásalo», es probable que le hubiera avisado Esperanza Aguirre. Y la cuestión es que al país le esperan largas semanas de espera —valga la redundancia— hasta que el ugetista Méndez y el comisionero Toxo se dignen poner una equis en el calendario para la jornada de brazos caídos. Esa cruz es lo de menos, porque lo peor es la matraca que nos están dando antes.
Efectivamente, la huelga general puede ser hasta un evento ameno que se da cada cuatro o seis años para que trabajen los sindicalistas, el resto del tiempo en servicios mínimos. Y su organización es tan fácil como una regla de tres: primero, paralizar el transporte público, con lo que todos los currantes quedan parados incluida la cola del Inem; segundo, mandarles un piquete informativo a los recalcitrantes que insistan en ir a trabajar a pie (se les llama «informativo» porque las porras están envueltas en papel de periódico); y, tercero, salir al día siguiente con mucho titular y despliegue de fotos en la prensa y los telediarios.
Esto último es imposible si los periodistas también se suman a la huelga general. Entre las más divertidas que servidor recuerda —y van cinco o seis— fue cuando a primeros de los noventa se convocó una en la provincia contra el negro futuro del carbón. «Vale, machos», les avisamos en la rueda de prensa a los sindicalistas, «pero tened en cuenta que al día siguiente vosotros tampoco salís en los papeles». Se llegó rápidamente al acuerdo de que nosotros pararíamos la víspera y luego curraríamos solidariamente con los piquetes. Así negociando incluso conseguimos que junto a la calle Lucas de Tuy, donde estaba este periodiquín, nos dejaran una tasca abierta a modo de servicios mínimos. Es memorable la caja que hizo en aquella huelga el tabernero Celedonio (bar Niágara, debajo de donde vive el padre de Zapatero) entre los piquetes y nosotros. La empresa también se portó y no nos descontó en la nómina la jornada previa de asueto y escaqueo alegando muy compungidamente que, como de todas formas los kioskos iban a estar cerrados, dada igual.
De aquella lo del carbón no se arregló, lo mismo que con ésta no se va a solucionar el paro. Si acaso irá a peor, porque hay mucho sindicalista enquistado en las administraciones públicas y a pocos recortes que haya acabarán también en el Inem. Bienvenidos al club de la empresa privada, como tanto político que en las últimas elecciones ha perdido el sillón.
Observando desde la acera el discurrir de los preparativos de la huelga general el otro martes tampoco me sorprendió una manifa de precalencaliento mientras esperaba el autobús de la línea 8, que va puntualmente de la plaza de Santo Domingo a Trobajo de Abajo. Treinta empleados de Ibán Hermanos, no más, alentados por CC.OO., pararon el tráfico durante hora y media y no pasó nada. Les precedían y seguían agentes de la Policía Local y de la otra superándoles ampliamente en número y que, en vez de ordenar aquel caos, abrían y cerraban el paso. Quienes estábamos desprotegidos éramos los de la parada del bus, mayoritariamente amas de casa, jubiletas y parados. Se había estrenado el lunes como nuevo subdelegado del Gobierno el juez Juan Carlos Suárez-Quiñones, hijo de sargento municipal y persona de ley y orden.
Con estos principios no vea usted la que le espera a su señoría el día de la huelga general.
Y a nosotros los del autobús 8.
O el que sea.