Jesús: el amor del Dios al hombre
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
Dios no quiere que el hombre perezca. La muerte (todo lo que significa la muerte) no la ha hecho Dios. Dios ha creado todo para que subsista. Dios no se arrepiente de lo que ha hecho y quiere que subsista y que crezca. No se despreocupa. Pero en el mundo y en el hombre hay una realidad de mal, de pecado. Sería absurdo no reconocerlo. La acción de Jesús es la de luchar contra este mal: Él es más fuerte que la fuerza del mal y la vence. A fuerza de amor. Y así hace posible la realización de la voluntad de Dios: que el hombre no perezca. Seguir y creer en Jesucristo es cooperar con su misión y hacer posible la voluntad de Dios: que nada ni nadie perezcan. Dios quiere que el hombre tenga vida. Es la consecuencia (la otra cara) de lo anterior. Que el hombre no perezca no significa sólo que subsista; significa algo más: que tenga vida eterna, es decir, que participe de la plenitud del Reino de Dios, de la misma vida de Dios. Para siempre. Y también ahora.
Pablo proclama también el gran amor de Dios, y añade que Dios ha demostrado ese amor precisamente cuando nosotros éramos pecadores y estábamos muertos por el pecado. Fue entonces cuando nos entregó a su Hijo. De modo que el amor de Dios es el que lleva la iniciativa. Dios no nos ama porque ya seamos buenos, sino para que podamos serlo. Más aún, no sólo nos ha salvado en Jesucristo, sino que nos ha sentado con él a su derecha, y no hay más que hablar. En ese amor gratuito de Dios se funda la posibilidad real que tenemos de amarnos los unos a los otros y de amar a nuestros enemigos, y también el deber de cumplir el mandamiento nuevo: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado». En ese amor está la fuente de la vida y su culminación en la vida eterna.
El amor de Dios a todo el mundo no encubre las injusticias y los pecados. Y así ha de ser también el amor de los cristianos. En su nombre, o en nombre de la paz y de la unidad, no se nos puede pedir que evitemos la confrontación con las tinieblas o que nos situemos por encima del bien y del mal sin entrar en la lucha y el conflicto donde sea inevitable. Hay que tomar partido. Justamente porque Jesús amaba a todos los hombres y vino a servir a todos y no a ser servido, eligió para sí el último lugar, que es el lugar desde donde se sirve. Ser sincero con Dios y consigo mismo. Apostar siempre a favor de la luz, de la vida, del hombre y del mundo. Esto es creer en el nombre del Hijo único de Dios. El que cree así no será condenado. Apostar siempre -aun en medio de las mayores dificultades- por la vida del hombre y del mundo es creer en el nombre del Hijo único de Dios.