CORNADA DE LOBO
Pues se muere
M i madre ya no está (murió), mi padre ya no está, tengo siete hijos y estoy embarazada; y si esta niña se muere... pues se muere .
Se lo decía una mujer a una sanitaria que quería llevar a su niña desnutrida a un centro de atención. En la Mauritania vecina de Senegal y Malí la sequía quiere decir hambre de féretro y requiem. La que sufren ahora es calamidad histórica, gigante. Si aquel Sahel ya era desierto, una sequía tumbada encima lo convierte todo en adobe recocido.
Y esa madre resignada friamente a ver colarse la muerte en su camada nos recuerda la despiadada ley con que se gobierna la naturaleza salvaje (y no hay que recordar que la pobreza miserable nos hace a todos salvajes si no caben más contemplaciones).
Ya dirá alguen por aquí que esa madre no tiene entrañas, que un hijo es un hijo... ya... y seis, media docena, dirá ella mientras cuida de su recua volviéndose brisca en acarreos. Cuenta el periodista que en esos pueblos de costra reseca creen que los hijos los manda Dios y que es él quien ha de sacarlos adelante... y si no, allá él.
Aún así, ¿la muerte de un hijo no le parte el corazón a una madre?... no lo sé, también se acostumbra uno a la fatalidad si se acuesta cada noche en tu cama o te aguarda al amanecer en la puerta.
Nuestra moral, por ejemplo, la creemos más avanzada y altruísta porque exige sacrificar la vida de la madre antes que la del hijo y esto obliga especialmente ya en el parto. Es cierto, aquí tenemos mucha moral, pero alli la moral la meten en sus perolas vacías, porque si añaden piedras y lo ponen todo a cocer, quizás ese día puedan comer algo caliente.
En las economías de subsistencia fiera los rapaces renacuajos se llevan lo peor. ¿Qué mortalidad infantil había en la España de nuestros abuelos?... entonces, por ejemplo, en la Galicia profunda y amiseriada, llegada la hora de comer, la mujer servía al marido primero, después comía ella y, finalmente, servía a la crianza empezando por los mayores y si al rapaz pequeño no le alcanzaba el pote, pues Sanjoderse no era mala cofradía (un hijo puede morir, pero nunca el que trae el pan a casa).
También en España lo salvaje nos fue familiar. Esta crisis nos lo recordará.