Diario de León
Publicado por
GARCíA TRAPIELLO
León

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Niños pobres... pobres niños. Dice Unicef que la pobreza en España «tiene hoy cara de niño» porque son los más pequeños los que pagan de peor manera los quebrantos y hachazos de la crisis.

Ya hay más niños pobres que ancianos pobres: casi dos millones. Las noticias hablan de casas en las que se suprime una de las tres comidas diarias o se aligera hasta la galleta o media salchicha. Así, el viejo dicho de «¡a la cama sin cenar!» no es ya en estos casos aquel ritual castigo de casa ruda o de internado, sino una orden del Recortador Mayor del Reino, cuyo espíritu tijereto y rajoyano se agazapa cada noche en los hogares donde el paro y la desgracia se han alojado como realquilados perpetuos... o sea, escuchan esa orden cada vez que sus tripas suenan a cañería vacía y han de tomárselo como si fuera su toque de retreta... pero si te echas a dormir, «ojos que duermen, hambre que no ven»... y a cochar con güela, rapacín, que en los sueños caben pichones estofados y tazones enormes de arroz con leche.

¿Les sonará a los recortadores aquella maldición evangélica: «el que dañare o escandalizare a uno solo de estos niños, más le vandría atarse una rueda de molino al pescuezo y tirarse al mar»?...

¿Qué escuela es la pobreza?...

¿Qué aprenderán del hambre esos críos comparándose con otros críos?...

¿Es imaginable que se necesite volver a los comedores de Auxilio Social ?...

Cuando supimos que en la crisis argentina de mangantes y corralitos había niños que morían de desnutrición en el país que fue granero y carnicería de Iberoamérica, no podía creerse. Y ahora, la suerte que va por barrios nos trae hasta aquí aquel drama, la peor de las fatalidades que ahorca en la cara de un niño su sonrisa, que es el único antídoto en su inconsciencia infantil contra el absurdo o la tragedia.

Ahorcada hoy su sonrisa y abocados mañana a huir de unos estudios que no podrán pagar sus padres, la calle y la malicia serán su aula de formación profesional, mientras un rencor afilado les anida en su alma avergonzada al no entender por qué ahora en su casa sólo se comen sombras (es lo que queda en la despensa) y se visten de prestado con ropas usadas de Cáritas.

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