EL PAISANAJE
Tocomocho
V a usted al banco, pide un crédito y sólo se lo dan si no lo necesita. Esto, por supuesto, no reza con el Gobierno ni con los bancos españoles —o mejor sería decir las cajas de ahorros— a los que acaba de conceder Europa un creditón de cien mil millones de euros, más de dieciseis billones de las viejas pesetinas, se dice pronto, que son una pasta gansa donde las haya. ¿Razones? Estaban hasta el cuello y ya lo explicó Keynes hace un siglo, que la otra noche debió de aparecérsele en sueños a la Merkel: «Si usted debe mil libras al banco y no puede devolverlas tiene un problema, pero si debe un millón el problema es del banco».
Se ven ahora pasar por el cielo hispano, donde Zapatero disfruta de una merecida jubilación contando nubes, los miles de millones de euros como vacas volando. Oiga, divida el lector entre cuarenta y cinco millones de españolitos, pero no se le ocurra hacerlo con los dedos, y verá que tocamos a casi cuatro millones de pesetas per cápita. Y multiplíquelo luego el cabeza de familia por el número de los que viven en casa y verá qué hipoteca se le cae encima. E incluya también al abuelete, porque en esto no hay clases pasivas.
¿Cómo se ha llegado a esta situación? Pues por los golfos de todos los colores políticos que han administrado las cajas. Y lo de administrar es también un suponer. Aznar era un chulo, pero no un golfo, y dejó al pais en superavit. Zapatero tampoco, pero sí un ignorante osado, irresponsable y manirroto, eso yendo por fino, que dejó a España como se la ve. Al cobijo de los dos, sin embargo, creció impunemente una golfería de segunda o tercera división que ahora con el rescate se va a ir de rositas al grito de que el dinero de Hacienda crece en los árboles y público no es de nadie. En esto había consenso entre los dos partidos, si bien el PSOE le daba cien vueltas al PP, empezando por Mafo, el exgobernador del Banco de España.
Europa ha dado a España un creditazo al tres por ciento de interés y quince años con cinco de carencia. Coño, quién pillara unas migajas en las mismas condiciones. Dice Rajoy que el mérito es suyo por presionar a la Merkel y, hombre, conociendo a la moza, no sería contra la pared. Pero en cualquier caso los mercados internacionales no se fian y la dichosa prima de riesgo, que ya parece de la familia, sigue disparada y disparatada. No es para menos teniendo en cuenta la tira de veces que hemos intentado engañarlos a la griega durante los últimos ocho años, de los cuales siete y medio son de Zapatero y el resto de Mariano, las cosas claras. Antaño nos tenían por una nación de toreros, olé, y de flamencas, ele, y ahora para ellos somos todos trileros en la reventa de la deuda soberana.
Así la cuestión, cabrean los argumentos del debate presupuestario de estos días en los que Rubalcaba argumenta, valga la redundancia, que éste es el timo del tocomocho con más recortes en pensiones, sanidad, educación y subsidios de paro. Precísamente él, que congeló las primeras y subió las recetas con Zapatero, inventó la Logse con Felipe González y se despidió —adios, buenas— con casi seis millones de parados. En este mísero trile tiene de compinche en Bruselas, por si vigila la Merkel en plan Guardia Civil, al también socialista Joaquín Almunia, otro Buster Keatón con cara dura de palo, que le sopla en qué cubilete tiene que poner la bola. Además será el encargado de controlar las ayudas a Bankia y demás cajas en apuros. Si no es poner a la zorra a cuidar las gallinas que venga Dios y lo vea, según me ladró ayer mi perro, que tiene el colmillo retorcido, aunque no tanto como el mío. Los dos primeros deberían agachar las orejas, mi perrín no, y achantar y no asomar el hocico después de cómo ha dejado su partido el gallinero nacional, donde la economía hace tiempo que ya no pone huevos. Sólo queda la pluma de Zerolo. No cabe duda de que España está más tiesa y enmerdada que el palo de un gallinero con una clase política un tanto kikirikí y con mucha cresta y espolones, pero improductiva.
Volviendo al crédito de los cien mil millones de euros y cómo lo vemos en mi pueblo, el otro miércoles una viñeta humorística de no recuerdo qué periódico ni autor —era genial, pero, macho, siento no citarte porque lo oí de pasada en la radio— dibujaba la clásica partida de cartas con apuestas al alza de cuatro paisanos emboinados. «Pongo cinco mil millones», empezaba uno. «Subo a nueve mil», dijo el segundo. «Eso y treinta mil más», terció el tercero. «Y yo cien mil millones», remató el último. «Y la burra», sentenció para acojonar.
Ahí se acabó la partida.