El camino de la fe
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
Las lecturas de este domingo invitan a la esperanza y a caminar por las sendas del Señor. Este es el sentimiento predominante en la primera lectura, que muestra con trazos vigorosos el contraste entre el dolor de una Jerusalén que ve partir a sus hijos hacia el destierro y la alegría de una Jerusalén que los ve retornar con gloria: se han ido a pie y vuelven en carroza, guiados por la mano de Dios. Es esta mano la que cambia la tristeza en gozo. Lo mismo debería ocurrir con la proximidad de Cristo en nosotros y en nuestro entorno. Sería milagro convertir tanta lamentación como estamos oyendo en una alegría razonada, serena y confiada. Para un cristiano, en una alegría cimentada en la próxima y esperada venida del Señor.
Ésta exige la conversión del corazón. Convertirse, con el Evangelio en la mano, es algo «radical» y profundamente serio. Es ver la vida con los ojos de Cristo, esfuerzo que exige (véase el domingo anterior) «desembotar la mente y permanecer despiertos». Convertirse es mirar a cuantos nos rodean como si fueran hermanos, por encima de posiciones, ideas o estilos; es vivir abierto a los problemas sociales del entorno, de modo que nada nos resulte indiferente y en todo pongamos un acento de sinceridad, de justicia y de concordia; es no creer que tenemos la exclusiva de la verdad y conceder al «otro» la posibilidad de que disienta, sin condenarlo, despreciarlo o minusvalorarlo.
Convertirse es no confundir lo esencial con lo accesorio y no hacer de esto último un conjunto de obstáculos que dificultan encontrarse con Dios, al que convertimos en un ser lejano y extraño, hecho a nuestra raquítica medida, que nada tiene que ver con el mensaje de liberación que Cristo trajo a la tierra y cuyo rostro quiso darnos a conocer. Convertirse es contar con la Providencia, sin que esto suponga ser ingenuos, sino vivir sabiendo que nuestros trabajos no son inútiles. Convertirse es ser un buen profesional, un padre entregado, un hijo bueno, un esposo fiel, un amigo auténtico. Convertirse es pasar por la vida siendo eco de Aquel de quien se dijo que «pasó haciendo el bien». Convertirse es ser un honesto hombre de negocios, dar a todos lo que en justicia les corresponde, ver en los que trabajan, hombres y mujeres concretos, y no piezas para producir. Convertirse es apostar por la realidad del Reino de Dios, Reino que está dentro de nosotros, pero no en el sentido de que tiene que ser un Reino de intimismo, sino que debe abarcar y comprometer una existencia en la que vida y religión no vayan por caminos diferentes.