Diario de León
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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

Este domingo se nos recuerda que Cristo es la Buena Noticia, que Jesús, ante todo, es la buena y definitiva palabra de Dios Padre sobre el mundo y sobre el hombre. La salvación, la vida y la esperanza auténticas no son cosas, es una persona: Jesucristo, el libertador. Por eso, Jesús, al comienzo de su misión, proclama el pasaje de Isaías en que se afirma que el Espíritu del Señor le empuja a dar una Buena Noticia a los pobres, libertad a los cautivos, vista a los ciegos y, en una palabra, esperanza a todos los hombres. Su misión nos remite al «hombre», no a Dios. Pero conviene añadir además que es el Espíritu el que le mueve, y que es el Espíritu el único que puede llevar a cabo esta misión, porque ante ella todo hombre fracasa, como lo mostrará la misma cruz de Jesús. Por eso, esta tarea «humana» es a la vez el «Reino de Dios», ya que es según la medida de la fuerza de Dios. La Buena Nueva no es que «nosotros» nos comprometemos por un cambio en la historia de los hombres, sino que, al hacerlo, descubrimos que Dios está comprometido con nosotros en esa tarea.

Es verdad que Jesús apenas pudo anunciar y realizar esta misión más que a favor de un pequeño grupo. En el mundo había muchos más pobres, enfermos, ciegos, desesperados, débiles. Y, sin embargo, nos dice que esta Escritura «se cumple hoy». Lo mismo podemos decir sus seguidores. Se cumple cada vez que algún pobre recibe la más pequeña buena noticia, o un pecador el perdón, o un enfermo la curación o la asistencia digna, o se da un pequeño paso hacia la libertad, la justicia o la paz. El hecho de que los hombres nunca alcancemos la utopía de ser hermanos entre nosotros e hijos de Dios, no nos debe hacer olvidar esta maravillosa realidad: con nuestras pequeñas buenas noticias estamos cumpliendo hoy la Buena Noticia prometida y esperada. Por otra parte, no podemos olvidar que el Reino, por más que se comience a cumplir ya aquí, es Reino de Dios, es gracia, es salvación de Dios. El cristianismo es humanismo, pero no sólo un humanismo. Es confianza y esperanza que remite en último término a la fidelidad de Dios. Desde Jesús hasta nosotros, qué duda cabe de que millones de hombres en la tierra se han esforzado por realizarlo y que otros muchos seguirán intentándolo en el futuro. Pero de lo que podemos estar seguros es de que a nosotros nos cabe una determinada parcela y una inexcusable responsabilidad en el hecho de que hoy, hoy mismo, pueda o no cumplirse «esta escritura» que anuncia y crea salvación.

Esta salvación se realiza «hoy» cuando hombres y mujeres se acercan a Jesús y acogen su palabra con fe; cuando su palabra es recibida con la misma profunda disponibilidad de que dieron prueba los santos de todos los tiempos, es decir, todos aquellos que han sabido asimilar en su vida los sentimientos de Cristo Jesús para que esta humanidad tenga vida y la tenga en abundancia.

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