Diario de León
Publicado por
ANTONIO NÚÑEZ
León

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Según las últimas encuestas el noventa y siete por ciento de los españoles cree que la corrupción política es un fenómeno generalizado. El otro tres por ciento son Rajoy, Rubalcaba y Urdangarín. La familia Pujol no sabe/no contesta. El país está hecho un asco y cada vez más gente opina que necesita una limpieza de arriba a abajo, aunque hasta sobre eso circulan ya chistes. Se dice que cuando le preguntaron a Bono, el de los fabulosos patrimonios al retirarse, respondió seriamente preocupado: «Vale, ¿pero qué hacemos con La Mancha?».

El caso Bárcenas, que acaba de estallarle al PP después de quince años en los cajones de los juzgados, ha dejado desarbolado a Mariano cuando menos lo esperaba. La primera que habló fue su ayudante, señora Cospedal, la cual sólo acertó a farfullar un «que cada palo aguante su vela». Tuvo que recordarle Rajoy que todos los palos eran del mismo barco y prometió no temblarle la mano para castigar a los culpables. El pulso no sé, pero por lo que tardó en abrir la boca parecía tartamudo. Y los suyos, muchos ya agarrados al bote salvavidas, se disponen ahora a remar como un solo hombre si les dicen a dónde.

Se prometen dos exhaustivas auditorías sobre las finanzas del partido, una interna y otra externa, por este orden, que darán mucho que hablar y más que callar. La primera será un paripé como quien se hace trampas en el solitario y la segunda no va a encontrar nada, una vez borradas todas las huellas. Hacía lo mismo el indio Jerónimo. Además ya aparecerá con el tiempo otro escándalo que tape el anterior, ya sea de CiU, del PSOE o de quien se tercie, como un clavo saca a otro clavo y vuelta a empezar.

Algunos asocian los índices de corrupción de las naciones a la cultura religiosa de cada una. En el norte anglosajón y luterano rigen estrictas normas morales de por vida si no quieres condenarte. Por el contrario, en el sur católico y vivalavirgen pecas, te confiesas con el cura y, zas, absuelto. Debería remodelar Rajoy la ejecutiva del PP y crear el cargo de secretario capellán. Respecto al PSOE, como son laicos, a lo mejor prefieren un psiquiatra conductual para militantes descarriados al estilo gulag o centro de reeducación chino, si bien estos últimos cuando los fusilan en casos extremos les hacen pagar hasta las balas. Siberia y los cementerios de Manchuria estarían superpoblados con los sociatas de aquí.

Al grano, no hace falta auditar nada porque, como bien decía mi abuela, la mierda cuanto más se revuelve peor huele. Y atufa que nadie en ningún partido recuerde ningún caso de algún colega rápidamente enriquecido en el cargo, empezando por el propio Rajoy, que precisamente nombró tesorero a Bárcenas, el rumboso repartidor de sobres con dinero negro. O Rubalcaba, que ya de joven andaba en cuadrilla con Roldán y demás gentuza saqueadora de los fondos reservados del Estado y que recientemente ha sido visto en compañía del «campeón Pepiño». Hay amnesias que no cuelan en ningún jurado, señor juez, y la de algunos jueces tampoco, para qué vamos a dar nombres si todo se sabe. Los hay con puñetas que ascienden a toda pastilla.

El problema de la clase política española es que, a mayores de intocable, se siente impune. De ahí la impúdica exhibición de coches de lujo, da igual oficiales que particulares, y la fe ciega en que la cárcel no se hizo para ellos. Saben que en el peor de los casos irían allí por poco tiempo y del dinero si te he visto no me acuerdo. Por lo menos servidor no recuerda en treinta y tantos años de profesión a ninguno que haya devuelto la pasta. Haga usted también memoria.

Está de moda decir que no todos los políticos son corruptos y que abundan los honrados no apegados al sillón por dinero. Es cierto. Servidor conoce a bastantes, pero son todos alcaldes y concejales de pueblines de menos de dos mil vecinos, que a lo más que aspiran es a satisfacer la vanidad y salir en la foto de vez en cuando. No suelen tener malicia ni presupuestos en los que enfangarse, gracias a Dios. Se puede tomar un vino con ellos, sean del color que sean, sin miedo a terminar pagando tú la ronda. Y arreglar, de paso, el país con amigables conversaderas a la altura de barra de bar, done a menudo se oye una oratoria más elevada que, por ejemplo, la del Congreso cuando sus señorías se ponen a parir por un quítame allá ese escándalo. Me gusta echar una parrafada con ellos hasta que a alguno, en mala hora, lo hacen diputado provincial. Entonces lo tacho de la agenda.

«He perdido un amigo», anoto invariablemente al lado.

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