Diario de León
Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

El evangelio de este domingo, y el del pasado, son una invitación a examinar las dificultades que nos acechan. Estas narraciones (sobre la tentación y la transfiguración respectivamente) provocan que nos preguntemos: ¿Quién es realmente Jesús? ¿Cómo fue su vida? ¿Fue ésta un éxito? ¿Cómo asumir su seguimiento?

Si algo nos testimonia el evangelio es que Jesús no fue presa de la tentación. La suerte de los demás fue para él más importante que la suya propia; no escapó a la persecución y a la muerte. Vivió una vida de servicio, no de dominio, con lo que evidentemente puso en peligro el poder de los dominantes, aunque le costara la vida. No manejó a Dios para sus propios planes, sino que realiza la obra del que le envía y pone toda su existencia en manos del Padre. Este es el núcleo del evangelio escuchado el domingo anterior. Hoy parece que escuchamos una espléndida respuesta a preguntas que pudieron resultar profundamente inquietantes: ¿Podía acabar con éxito la vida de Jesús? ¿Era correcto oponerse a tales tentaciones? ¿Pueden sus amigos seguir viviendo la vida de Jesús? La respuesta es clara como un rayo de luz: la vida de Jesús acaba en gloria; él se sienta a la derecha de Dios; su vida es digna de ser continuada por otros. Una voz lo testifica: «Este es mi Hijo, el elegido; escuchadle». Es posible que así logremos ver que la mejor vida que hoy puede vivirse sea la que Jesús vivió, porque está avalada por Dios Padre. El acontecimiento pascual es el fundamento de tal confianza. Por eso podemos afirmar: La suerte de los demás es más importante para mí que la mía propia; servir es mejor que dominar; la vida fundada en Dios vence a la muerte.

De ahí que los discípulos de Jesús no podamos escapar del mundo y situarnos al margen de la sociedad. No podemos retirarnos a la conciencia o a la sacristía, ni refugiarnos en un grupo de almas selectas y decir «qué bien se está aquí». Porque no existe el Tabor fuera del camino que sube a Jerusalén, porque el mundo no es bueno si no es bueno para todos, porque no tenemos aquí ciudad permanente y buscamos la ciudad futura. Nuestra esperanza se desvanece si somos enemigos de la cruz de Cristo, si no escuchamos a quien ha venido para ser hermano de todos los hombres y hombre para todos los hombres.

Los tres discípulos de la Transfiguración son los que estarán también en Getsemaní, cuando llegó la hora de la verdad. Pero en Getsemaní se durmieron. Si nosotros nos dormimos o nos hacemos los dormidos cuando llega la hora de dar la vida, todas nuestra vivencia religiosa se convertirá en sueños.

No podemos comer el pan del cuerpo de Cristo transfigurado, resucitado, si no comemos también el pan del cuerpo de Cristo crucificado; ni acompañarle en su gloria si no lo acompañamos en sus penas; ni ser compañeros de Cristo si no recorremos con él todo su camino, llevando también nosotros la cruz y siendo solidarios de todos los que llevan la suya en este mundo.

tracking