Diario de León
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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

La parábola del hijo pródigo es propiamente del amor paternal de Dios: por encima de las conductas de ambos hijos, sobresale el inmenso amor del padre, que perdona los desvaríos de uno y la mezquindad del otro.

Es lo que quiere destacar Jesús, en la cercanía de los pecadores y el escándalo de los letrados y fariseos. Porque el amor de Dios abarca a todos y supera todo lo malo que hagamos. En el fondo se nos quiere recordar que Dios es pura misericordia.

El hombre huye de Dios, pero, dado que Dios habita en cada hombre, al huir de Dios, huye de sí mismo. Así lo dice San Agustín: «Yo era el que estaba alejado de Ti y me veía como el hijo pródigo, privado aun de las bellotas con que alimentaba a los cerdos… Porque yo, Dios mío, con mucha fatiga y ansia os buscaba..., siendo que Tú estabas dentro de mí en lo más interior de mí mismo». Pero el retorno es siempre posible porque la misericordia divina puede más que nuestras miserias. Dios nunca nos abandona, por mucho que huyamos. Él sigue nuestros pasos. Tú puedes olvidarte de Dios, pero Él no se olvida nunca de ti. Como una madre que jamás podrá olvidar a su hijo. Dios no espera a nuestra vuelta, sino que sale en nuestra busca. El hijo pródigo de la parábola «entra en sí mismo» y «se pone en camino», atraído por la esperanza de la fuerza del amor paterno. Cuando uno se siente amado es cuando se pone en camino, es el principio de la salvación. Quedémonos con estos: el convencimiento del amor incondicional del padre, que ni pregunta ni exige nada, ni indaga el cómo ni el porqué. Sea lo que sea, ya está perdonado. ¿Su castigo? Besos y abrazos, ataduras de amor. Son los lazos más eficaces. Así me sentiré siempre hijo amado por el Padre; Dios será siempre padre; y, pase lo que pase, me sabré perdonado, amado y que, vaya donde vaya, nunca Él se alejará de mí.

Habremos de aprender que nuestro amor ha de ser como el del padre. Debemos amarnos unos a otros incondicionalmente, sin preguntar cómo ni por qué; abrir la casa a cualquiera que llega a ella; mirar con especial misericordia a los hermanos que están más alejados o han caído en mayor degradación; no desesperar de la vuelta de los que se fueron. Lo único importante es que nos amemos más, y que, si alguien llega a nuestros brazos, que los sienta fuertes y cariñosos. Como los brazos de Dios.

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