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MANUEL ALCÁNTARA
León

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Nuestro entendimiento de la democracia nos permite asomarnos a todo sin penetrar en nada, pero es confortador que se nos pida nuestra opinión de vez en cuando. Así creemos que el poder emana del pueblo, aunque no perciba los olores que emite. Quizá no andaba descaminado Bukowski cuando advirtió a sus compatriotas que la diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que en la primera puedes votar antes de obedecer las órdenes. ¿Cuáles tendremos que acatar si el ministro de Asuntos Exteriores, señor García-Margallo, decide llevar el conflicto de Gibraltar a foros internacionales? Se enteraría más gente, desde luego. Una denuncia al Reino Unido ante la ONU o ante el Tribunal de la Haya sería una noticia de primera página en todos los periódicos del mundo. Su lectura apasionaría incluso a los analfabetos que proclaman orgullosamente que jamás leen periódicos.

Ese paso, que en mi opinión habría que pensar mucho antes de darlo, podría dar amenidad a nuestra propia prensa escrita. Aquí seguimos con el inextinguible caso Bárcenas. La verdad es que continúa dando mucho juego, del mismo modo que ha dado antes mucho dinero. Aparecen nuevas nóminas guardadas por el extesorero, al que se le puede acusar de ladrón y de chantajista, pero no de vago. Las calumnias deben ser no solo verosímiles, sino aproximadas y no se puede acusar de pederasta a Barba Azul ni de holgazán a Luis Bárcenas, que sigue suministrando pruebas tan inciertas como evidentes sobre las pagas que recibía Rajoy o de la indemnización en diferido de María Dolores de Cospedal. El problema internacional podemos verlo entre visillos, pero toda la luz del verano alumbra el tenebroso asunto del infatigable tesorero.

Todavía no podremos cambiar de conversación. Ni el buen aire que parece que tiene el Real Madrid, ni la cornada al gran Morante de la Puebla, que es el más artista de los toreros en activos, dan para todo el verano.

Sólo la contabilidad de Luis Bárcenas y la excursión de la Royal Navy impiden la modorra.

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