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León

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Liturgia dominical

JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES

No es fácil entrar en el sentido de este domingo. Además del ruido de las fiestas, los textos litúrgicos hablan de una temática que es poco familiar: Cristo, Sabiduría del Padre, Palabra personificada de Dios que se da a conocer a los hombres. Pero no se ha de olvidar que es Día del Seño y además un domingo que, dentro del encuadramiento de la Navidad, nos presenta una faceta muy hermosa del misterio de Cristo, nada abstracta ni teórica: Dios Padre entra en la historia concreta de los hombres por medio de la persona de su Hijo. Este Hijo es anunciado en el Antiguo Testamento como la Palabra definitiva de Dios, que se hace carne y planta su morada entre nosotros.

Por ese Hijo entramos a formar la familia de Dios, como hijos suyos. Con la Navidad salimos de la tiniebla y Dios nos ilumina con su Palabra, que es Verdad. Todos necesitamos la Verdad. Y más en este mundo que vive en confusión y en búsqueda. Cuando nos reunimos para celebrar la Eucaristía, es Jesús el que nos dirige su Palabra salvadora y se nos da como alimento espiritual en las lecturas bíblicas, aun antes de dársenos como Pan y Vino en el Banquete eucarístico. Asimilaremos su Sabiduría si comparamos su Palabra con las palabras terrenas y aceptamos sus criterios. La Virgen María respondió al anuncio del ángel con una frase que es todo un programa para nosotros: «Hágase en mí según tu Palabra» y asía la Palabra de Dios la llenó con su gracia. También nosotros somos invitados, en esta Navidad, a dejarnos llenar de esa misma Palabra que Dios envía a nuestras vidas. Si le aceptamos en verdad también sucederá para nosotros lo que el evangelio de hoy nos anunciaba: viviremos en la luz, seremos hijos en la casa de Dios, creceremos en esperanza.

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Para poder subsistir, todo amor debe apoyarse en una fe. Solo ama de verdad el que cree en el otro, el que confía más en el otro que en sí mismo. Todos deseamos amar, pero no todos somos capaces, porque el egoísmo nos anula la facultad de fiarse de los demás. Los cristianos creemos en el Amor, porque ponemos la confianza en Quien nos ama incondicionalmente. La fe cristiana consiste básicamente en creer en la realidad, tangible y palpable, del Amor. Y creer también en la autenticidad de los destellos de amor personal que encontramos en todas partes. Creemos que a través de todas las muestras de amor que nos llegan está el Amor que no falla. Una consecuencia inmediata es que el amor humano, realidad tan entrañablemente ligada a la vida de los hombres, se ha convertido, gracias a la encarnación del Hijo, en el medio más poderoso para experimentar el amor divino. El Amor se hace carne; la carne es receptáculo del Amor. Ello significa que, para un cristiano, todas las manifestaciones auténticas del Amor, desde las más espirituales hasta las mas sensibles, pueden ser expresión de la Caridad. Y además deben serlo.