Yo os digo...
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
Jesús, en el evangelio de este domingo, hace afirmaciones contrapuestas: «Se dijo a los antiguos… Pero yo os digo». Él revisa y reformula las formas de relación con Dios y con los demás. De manera exigente propone varios casos: las figuras del hermano (¡cuántas veces se repite esta palabra!), de la mujer (¡tan minusvalorada entonces y ahora!) y de uno mismo (¡la dignidad de «hijos» hace que nos debamos mostrar como somos sin más!) cobran tal relieve que el respeto al ser humano se ve como raíz de todo nuestro comportamiento. Una raíz que no es la pura exterioridad de unos actos públicos o visibles, sino que está en lo hondo de nuestra verdadera personalidad humana y creyente, como una firme exigencia moral.
La I Lectura muestra que la moralidad consiste en ajustarse a la voluntad de Dios. La disyuntiva es entre fuego y agua, entre muerte y vida. Cada uno es libre y por eso tiene valor a esta aceptación.
El mejor éxito de la vida es haber sabido seguir el camino que Dios quiere. Jesucristo viene a enseñarnos a dar mayor profundidad a la moral. Su mensaje es serio y exigente: sus discípulos han de ser «mejores que los letrados y los fariseos»; por eso no vale quedarnos con las formas de obrar propias de la sociedad en que vivimos. El punto de referencia es la enseñanza de Jesús, en donde se refleja lo que Dios quiere. Los judíos se fijaban en la Alianza del Sinaí, que ahora queda completada y perfeccionada por Cristo. Poco valdría nuestra moral si sólo se basara en referencias sociales, que, en el fondo, son modas ideológicas.
Y es aquí donde precisamente se nota la pobreza de la ética de nuestra sociedad, porque se contenta con lo que a uno le gusta, o a la mayoría, o con un cierto consenso de la sociedad (con el «listón» ciertamente bajo), como sería la pobre limitación de no hacer daño a otros... El criterio para los cristianos es más exigente: es la vida y la enseñanza de Cristo. Él va a la raíz y no a la observancia exterior. No se contenta con el mero «cumplimiento» exterior.
Como ejemplo, no vale contentarse con el hecho físico de «no matar», porque hay muchas maneras de hacerlo (con juicios internos, palabras hirientes, envidia, odio...). Cristo nos invita a cuidar lo hondo: si no matamos, pero anidamos odio dentro de nosotros, todo está contaminado. Lo principal es que sepamos actuar responsablemente, no con espíritu de esclavos (temerosos del castigo), ni por fatalidad (sino con libertad interior). No es seguir lo que se hace en el mundo actual, sino acoger el ejemplo y la enseñanza de Jesús. Eso será cumplir la voluntad de Dios.