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ANTONIO NÚÑEZ
León

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Así de memoria, León tiene doscientos once ayuntamientos y unas mil cuatrocientas pedanías o pueblines. En tiempos, cuando la agricultura y la ganadería daban dinero, esta dispersión poblacional creó mucha riqueza, pero ahora no quedan más que pensionistas viejos tomando el sol a la puerta. Éste es el mapa que ahora enfrenta a los pueblos y a la consejería de Sanidad por la agrupación de las atenciones médicas en menos consultas rurales. Y los abuelos están cabreados por desplazarse un par de kilómetros o tres hasta el pueblo de al lado, cabrones respectivos, para tomarse la tensión o arramblar con una docena de recetas sin las que no se quedan tranquilos. Me extraña que haya tan pocos cánceres de estómago con la cantidad de porquerías que se meten, aunque, como es natural, en el lote de medicamentos entran también los del hijo, la nuera y los nietos, que al no ser pensionistas tendrían que pagar un tanto por la penicilina gratis del abuelo.

Pregúntele a cualquier médico de pueblo y dirá que, si no, los viejos se le sublevan al grito de «ya he cotizado bastante a la Seguridad Social». Oiga, paisano, si lo que usted pagó eran los míseros cupones de la agraria, están amortizados sobradamente en comparación con nosotros, los del Régimen General, así que menos lobos este invierno y la campaña de vacunación de la gripe a pagar. Tengo un amigo galeno, Andrés, ya jubilado, que en su día ejerció por las no menos dispersas poblaciones del municipio berciano de Igüeña y al que cierto día una paisana le pidió la receta de antibióticos... para el cerdo. Eso ya fue demasiado, según él, que es paciente con los pacientes hasta el límite de la paciencia. «Señora», le contestó, «no puedo recetárselos si no me trae la cartilla del cerdo». La otra quedó extrañada y desconozco si el cochino palmó de gripe o por San Martín.

Conozco más casos. En los consultorios que van de la Valdería a la Valduerna bajo las frías faldas del monte Teleno, donde el otro verano ardió un inmenso pinar de no menos de quince kilómetros en línea recta, con el buen tiempo la gente iba al médico para pegar la hebra de espera con los vecinos sobre reumas y próstatas. Y en invierno lo mismo porque, conversaderas aparte, había calefacción. Sólo en temporada de setas nadie se ponía malo, porque iban todos a atropar al monte. Así funciona la sanidad.

Para resolver el conflicto entre médicos trashumantes y su acartonada clientela algunos han propuesto ideas no menos peregrinas, como la del presidente del colegio de facultativos, señor Díaz Villarig, exalcalde de León y dicen que antaño buen otorrino, según el cual todo se arreglaría con autobuses «a la demanda» para el viejo y la vieja, pero el médico quietín en casa. «Doctor, recéteme un billete del Alsa para el miércoles». Hombre, José Luis, te has pasado diez pueblos en esa chorrada corporativista.

Yo, que soy de La Bañeza y en el mercadillo de los sábados estoy hasta la próstata de ver allí tamaño gentío de pueblos del contorno y a cada cual más viejo y saludable que un servidor, sugiero a Villarig reunir las consultas médicas en un puesto al lado de los quesos, frutas y verduras. Es un remedio como otro cualquiera porque allí los ancianos gozan todos de una mala salud de hierro. Y los domingos en Santa María del Páramo. De nada, ja chacho.

Ahora vivo en otro pueblín, Villacedré, donde procuro ir poco al médico más que nada para que no me encuentre lo que no quiero. También porque la enfermera Lucía quiere quitarme del tabaco y el whisky y me la tiene jurada. A lo que íbamos, las escasas veces que voy es por una emergencia y siempre me encuentro a los mismos. Y he sacado la calculadora sin cuadrarme precisamente eso, una consulta abarrotada para ochocientos vecinos escasos que somos. Ahora hay que pedir cita previa, razón de más para no volver, y parece que funciona porque las recetas son menos.

Quede claro que este articulillo no va en defensa de los médicos rurales. Son como son, pero todos viven en León y ninguno en pisos protegidos, así que menos lobos, Villarig. La sanidad pública, la privada no, está plagada de funcionarios, menos la rústica, para los que el tiempo de nosotros, los dolientes, no cuenta. Le mandan a usted al hospital y se eterniza si no es viernes.

En la última analítica me dio todo positivo menos la prueba de la rana, según Lucía.

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