Yo soy la puerta
Liturgia dominical
JUAN CARLOS FERNÁNDEZ MENES
Este domingo se habla del redil de las ovejas, al cual los pastores acceden por una puerta, mientras son los ladrones los que buscan otros accesos. Jesús, que «entra por la puerta», es el pastor legítimo, al que preocupan las personas, sus «ovejas». Vino a servir al hombre y no a servirse de él. Los discípulos hemos de «entrar por la puerta» como Jesús, es decir, actuar como Jesús para ser signo en el mundo de su presencia y de sus actitudes.
La Iglesia, «pequeño rebaño», es un pueblo, una familia. En ella, las relaciones de todos con todos tienen que ser personales para que sean verdaderas. Sólo el establecimiento de este tipo de relaciones nos hace personas responsables. La cultura actual nos lleva a ser masa anónima, personas aisladas en pequeños mundos. De ahí que no se nos valore por nosotros mismos; somos un número en clase, en el trabajo, en la seguridad social... Vivimos encerrados en signos de muerte: egoísmo, incomunicación, placer individual... Jesús quiere que nos demos cuenta de que merece la pena vivir en el amor y luchando por una vida más humana para todos; que es necesario acabar con lo que nos impide ser solidarios, para que nazca lo nuevo: la vida que él vino a comunicarnos. Jesús nos acoge y ama a cada uno en nuestras circunstancias personales. Por eso, la Iglesia, fiel al Buen Pastor, debe buscar crear comunión entre las personas, hacer de todos una familia.
«Y las saca fuera». Jesús nos quiere sacar de lo que impide que seamos nosotros mismos; se declara la nueva puerta. Entrar por esa puerta que es Jesús, significa poner el bien del hombre como valor supremo y entregarse plenamente a procurarlo; es interpretar el oficio pastoral según los criterios de Jesús que nunca deben improvisarse; es ayudar a todos a que sean ellos mismos, con respeto a su personalidad y cultura. Es amarlos por sí mismos
Además, para corresponder al amor de Jesús, los bautizados han de volver «al Pastor y guardián de sus vidas» (segunda lectura), quien, padeciendo la muerte, nos dejó «un ejemplo». Se nos pide seguir «sus huellas». Esto es ser bautizado y confirmado: apoyarse en las pisadas del Maestro para no perder el camino. San Pedro nos las describe: «No cometió pecado ni encontraron engaño en su boca. No devolvía el insulto ni profería amenazas. Se ponía en manos del que juzga justamente. Cargado con nuestros pecados subió al leño, para que así vivamos para la justicia».